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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 15 de Junio 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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Esta es la tragedia: que muramos y que, aun así, no pase nunca nada. 

Por el padre Juan Jesús Priego

Termino de leer Ultimas noticias del paraíso, de Clara Sánchez, obra ganadora, en el año 2000,  del Premio Alfaguara de Novela, y me quedo con la sensación de que el verdadero protagonista de  la historia es la tristeza. Tristeza por todo lo que se pierde, por todo lo que desaparece sin  decir adiós. La vida, al menos vista desde este mirador —un edificio madrileño ubicado en una  zona más o menos exclusiva—, no es más que una sucesión interminable de desapariciones.  Desaparece Eduardo, el amigo; desaparece Yu; desaparece Wei Ping; desaparece el padre y, a un  cierto punto, desaparece también la esperanza.

He subrayado cuidadosamente las veces en que el narrador –un joven que ve a su madre arrojarse a  los brazos de un amante primero y a los de la cocaína después- se queja de la indiferencia de un  mundo que ni siquiera es capaz de encogerse de hombros ante la pérdida de tantos rostros, de  tantas presencias. Todo se pierde, pero a nadie parece importarle un bledo. «Me asusta la idea de  que sea tan fácil desaparecer». Uno se va, y nadie pregunta por qué, nadie pregunta por él: el  universo sigue su camino y los otros hombres el suyo, al menos hasta que también éstos  desaparezcan y nadie pregunte por ellos.

Cierto día, nuestro narrador se entera de que uno de sus vecinos acaba de morir asesinado a manos  de su propia esposa. La noticia le espanta, pero, incapaz de hacer nada más, se limita a  reflexionar: «El de la tintorería había muerto y su mujer estaba en la cárcel, y esto a la vida  no le afectaba: la Pizzería Antonio seguiría estando hasta los topes de gente y la tintorería  abierta, y en los demás locales se entraba y se salía como si no hubiera pasado nada».

Esta es la tragedia: que muramos y que, aun así, no pase nunca nada. El mundo no se estremece,  los televisores no se apagan, las calles no moderan el brillo de sus luces. Es como si hubiera  muerto un perro, como si a una maquinaria gigantesca se le hubiera caído, de pronto, un minúsculo  tornillo. «He comprobado en más de una ocasión –vuelve a pensar nuestro joven- que la vida sigue  a pesar de nosotros, que somos piezas de una maquinaria que genera piezas sin cesar para su  propio funcionamiento, que no es otro que generar más piezas». Ante la desaparición del otro, ¿no  sería necesario derramar por lo menos una lágrima? Pero no, nada llora, nadie gime. Los pájaros  siguen cantando en las ramas, los escolares van y vuelven con sus mochilas al hombro, los  semáforos de la avenida siguen cambiando del rojo al verde y del verde al rojo. Un hombre ha  muerto, pero en realidad no ha pasado nada. No se percibe ni siquiera un cambio mínimo en el  ritmo de las cosas. El mundo no da muestras de alarma, no da señales de luto: es más, ni siquiera  disminuye en él el sonido de los estéreos. Nuestra muerte no le afecta. Todo sigue estando igual,  pero nosotros ya no estamos.

«Parece que cualquier clase de pérdida exige estar rodeada de señales de pérdida, porque de lo  contrario el suceso habrá tenido lugar en un mundo indiferente a lo que cesa de estar en él».  «Seguramente faltará alguien, pero en la vida el que falta no cuenta. Los demás no se dan cuenta  de que no está». Todo esto se dice a sí mismo el protagonista de la historia. Pero se lo dice sin  llorar, como quien se da cuenta de que, sea como sea, no hay manera de hacer nada.

Cuando llego a la última página de la novela, siento la misma pena que el joven protagonista;  también yo me estremezco ante la indiferencia del mundo. ¿Quién preguntará por nosotros cuando ya  no estemos? ¿Quién derramará por nosotros una lágrima, una sola lágrima? ¿Quién guardará un  minuto de silencio al escuchar nuestro nombre?

A pesar de su pesimismo, la novela me cautivó: las preguntas de aquel muchacho han sido siempre  mis preguntas. Sin embargo, que el mundo nos olvide, que sea indiferente a nuestra desaparición,  ¿no es una prueba más, una prueba real de que, como dice san Pablo, los hombres no pertenecemos a  este mundo? «Si pertenecieran al mundo, el mundo los querría como a cosa suya, pero como no le  pertenecen, sino que al elegirlos yo los he sacado de él, el mundo los odia» (Juan 15,17), dijo  una vez Jesús a sus discípulos. Podría haber dicho también, pues en el fondo es lo mismo: «Si  fueseis de este mundo, el mundo os recordaría». Pero, puesto que seremos olvidados en él, no le  pertenecemos.

Casi podría decir que la lectura de esta novela me hizo profundamente comprensibles aquellas  palabras de san Agustín que había leído infinidad de veces pero cuyo sentido profundo, al  parecer, se me escapaba: «Porque nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto  hasta que descanse en Ti» (Confesiones, I,1,1). Fuimos creados para El, no para el mundo; si  hubiésemos sido creados para el mundo y éste, a pesar de ello, nos olvidara –como de hecho lo  hará- deberíamos ser los más desdichados de los hombres.

Pero no, no somos de este mundo. Aun cuando nos hayan puesto bajo tierra y en ella reposemos, no  somos de la tierra, no le pertenecemos. Es por eso que al final de los tiempos ésta nos  devolverá, según asegura el libro del Apocalipsis: «El mar devolvió sus muertos. La Muerte y el  Hades devolvieron sus muertos» (20,13). ¿Y por qué los devuelven, o, mejor dicho, por qué los  devolverán? Porque nunca han sido suyos. Incluso durmiendo el sueño del olvido, los muertos  estaban allí como extranjeros, como unos fatigados peregrinos que, venidos de muy lejos, se  quedan dormidos en una posada del camino, pero que pronto, muy pronto, despertarán para  reemprender la marcha de regreso a casa.
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