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Escrito por Walter Turnbull
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Domingo 15 de Junio 2008 |
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COLUMNA ABIERTA 
Caminaban muy erguidas, no con la altivez del soberbio, sino con la dignidad humilde del que conoce el valor de la persona humana...
Por Walter Turnbull
Caminaban muy erguidas, no con la altivez del soberbio, sino con la dignidad humilde del que conoce el valor de la persona humana y se siente amado por Dios y pone en sus manos su confianza y su destino, con la seguridad que da el despojarse de todo y atenerse sólo a Él.
Fue momentáneo pero fue gozoso.
Salíamos de la Basílica de Guadalupe cuando nos cruzamos con ellas. Eran tres o cuatro. No apunté su estatura, su color o su talle, pero recuerdo que eran bellísimas, no con la belleza de la carne que se marchita y se acaba, sino con la belleza del que irradia a Dios desde el interior de su alma que está llenita de Él.
Caminaban con la suavidad del aire tibio, como llevadas por la brisa, pero con el paso firme de quien va dejando huella.
Parecían incontenibles: un invencible ejército de tres, armadas hasta las entrañas de fortaleza, dulzura y amabilidad.
La mente miraba el mundo pero la mirada estaba muy arriba en el cielo, apartada del camino; no necesitaban verlo, el mundo parecía abrirse a su paso como si la justicia de Dios caminara delante de ellas. Creo que eran pequeñas pero se veían altísimas.
Caminaban muy erguidas, no con la altivez del soberbio, sino con la dignidad humilde del que conoce el valor de la persona humana y se siente amado por Dios y pone en sus manos su confianza y su destino, con la seguridad que da el despojarse de todo y atenerse sólo a Él.
Su semblante era más bien serio, del que lleva una enorme carga en sus hombros, pero sus rostros irradiaban alegría y paz a través de una leve e inefable sonrisa.
La vida pareció detenerse. Habríamos querido tocarlas, besarles las manos, hincarnos, pedirles su bendición, dedicarles una palabra de encomio... Nada. Nos quedamos pasmados en suspenso, en muda admiración.
Pasaron como un delicioso aroma que va dejando estela de reverencia y regocijo. Cruzamos miradas para ver si los otros experimentaban el mismo sentimiento, para intercambiar comentarios y emociones sobre el pequeño Tabor que acabábamos de vivir.
Siguieron su camino con su paso firme y etéreo, sembrando bendición al caminar, al encuentro de Dios y de la Madre Santísima, al encuentro de sus amigos de todos los días, que las recibirían con una profunda mirada de complacencia, de afecto, de agradecimiento, y con un «bienvenida, sierva buena y fiel, a alegrar mi corazón y alimentarte de mi amor, porque tengo hambre y tú me das de comer».
Eran hermanitas de la Madre Teresa. |