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PÓRTICO 
A quienes amamos la literatura y amamos a nuestra Madre, La Sangre del Pelícano nos devuelve el sabor solar de la palabra emoción, ligada a la misión de la Iglesia en el mundo.
Por Jaime Septién
El título del bestseller de Miguel Aranguren (Libroslibres. Madrid, 2008, 3ª edición) no podría ser más entrañable: el pelícano es un viejo símbolo cristiano que nos recuerda cómo el ave es capaz de herirse con el pico en el pecho para alimentar con su sangre a sus hijos..., lo mismo que Nuestro Señor en la Cruz.
La novela, de 478 páginas, se lee de un tirón. Aranguren (nacido en 1970 en España) es un autor católico que escribe mucho mejor que Dan Brown, el de El Código Da Vinci. Y La Sangre del Pelicano es, infinitamente, más entretenida: un thriller policiaco en el que un joven sacerdote de Milán (Albertino Guiotta) y un tosco comisario romano (Luigi Monticone) desenmascaran una trama doble: la de un movimiento new age y su estrambótico líder por usurpar el trono del Papa mediante golpes de publicidad, y la de una secta satánica, nacida en tiempos de Hitler, que quiere destrozar a Jesús sacramentado (en el mismísimo «altar» del Coliseo de Roma) e imponer a la Bestia en el trono de Pedro.
Con una diferencia notable frente a la porquería que sirve El Código..., que en La Sangre del Pelícano no hay esa cascada de mentiras que tanto gustó a los paladares acostumbrados a ingerir basura por literatura. Hay imaginación histórica, uso de recursos literarios, personajes convincentes, dureza en el lenguaje; mas, por encima de todo, un inmenso, desbordante, moderno y culto amor a la Iglesia. A quienes amamos la literatura y amamos a nuestra Madre, La Sangre del Pelícano nos devuelve el sabor solar de la palabra emoción, ligada a la misión de la Iglesia en el mundo. La Esposa de Cristo no podrá ser vencida por el demonio, no caerá en las garras del relativismo mugroso que quiere religión sin sacrificio, no claudicará ante el mal. Porque hay muchos de sus hijos dispuestos a la santidad (como la del Papa en la novela, o la del padre Guiotta, o, incluso, la santidad descreída del comisario Monticone), y dispuestos, como la propia Iglesia, como Jesucristo, como el pelícano, a dar su sangre para que otros tengan vida, y la tengan en abundancia.
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