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Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 08 de Junio 2008

LUCES Y AMORES

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La publicidad ahora nos ataca mediante el artilugio de hacernos sentir frágiles

Por Alejandro Soriano Vallés

Nos decía el Señor en el Evangelio del domingo que no temiéramos por nuestras vidas. Es ésta una de las mayores libertades que nos otorga: nos ha liberado de la esclavitud de la materia. Los cristianos, entre el cúmulo de preocupaciones que afligen al hombre, sólo atendemos a una: procurar la venida del Reino. Si bien se mira, basta con esto para sentirnos aliviados y seguros. Es lo que la tradición llama acción de la Divina Providencia.

Sin embargo, los publicistas quieren convencernos de lo contrario. Últimamente han descubierto algo que los políticos y los hampones conocían de sobra: el poder del miedo. Como si estuviéramos solos en el mundo y todo dependiera de nosotros, nos bombardean ahora con una idea que resume muy bien la despedida moderna: «cuídate». Antes decíamos «adiós», que incluye una recomendación al Padre; el deseo de que sea Dios quien nos cuide. De igual modo, la publicidad ahora nos ataca (literalmente) mediante el artilugio de hacernos sentir frágiles, huérfanos y a merced de algún ciego y malévolo azar: según esto, las enfermedades nos acechan, esperan el momento propicio de atacarnos y no tenemos más remedio que consumir determinados productos comerciales (que van desde yogures hasta innecesarios exámenes de órganos vitales que podrían llegar a estar «dañados») para «prevenirlo».

La industria quiere asustarnos (nos sugiere: «¡tú ya tienes tal enfermedad!») y ocupar el lugar de Dios. Es claro que, tarde o temprano, contraeremos algún mal mortal; pero, precisamente por ello, es tonto y blasfemo hacer caso a quien sólo intenta comerciar con nuestras inquietudes. Si Jesús nos ha mandado no temer por nuestras vidas, es claro que ni toda la ciencia «preventiva» podrá alejar el día del dolor. El Padre nos ha dado una hora y una determinada salud. Mientras llega el momento, gocemos lo que tenemos, sin miedo. Ni el dinero ni los publicistas pueden protegernos.
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