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Escrito por Carlos Díaz
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Domingo 08 de Junio 2008 |
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CULTURA 
La fe cristiana en la Europa de hoy: algunas hipótesis
Por Carlos Díaz / España
1. Era predecible: el sentimiento altera el estado del organismo, que reacciona con una serie de síntomas. El conjunto de síntomas produce un síndrome. Cuando el síndrome desborda los límites de las posibilidades adaptativas del organismo surge la crisis, el estrés. En la vieja y también envejecida Europa se siente un enorme invierno; aquí no hay calentamiento, sino enfriamiento total, efecto invernadero. ¿Se trata de una glaciación cíclica más? No, desde luego que no. A la humanidad le ocurren siempre e inevitablemente cosas humanas, como no podía ser de otro modo, pero en distintos momentos de temporalidad, lo que las convierte en siempre nuevas y al mismo tiempo en siempre diferentes. No vale redargüir en sentido contrario; ciertamente también otras veces se han producido fenómenos devastadores en la fe cristiana y más en concreto en la iglesia católica, no han faltado siglos de hierro del pontificado, etc, pero el presente, amén de ser igualmente demoledor para la Iglesia católica, tiene una significación nueva, muy nueva. Llega después del eclipse de Dios —del eclipse con que el hombre oculta a Dios—, pero también después del eclipse del hombre. Es algo que habíamos visto ya con nuestros propios ojos en mayo del 68 en París en aquellas bardas que llamaron la atención de todo el mundo, en las cuales podía leerse: «Dios ha muerto, el hombre ha muerto y yo no me encuentro nada bien», fin de la historia y sálvese quien pueda. Ahora bien ¿cómo salvarse, dónde empezará a percibirse a gran escala que «sólo un Dios puede salvarnos», como dijera Martin Heidegger?
2. El criterio de demarcación de la fe en la Europa de hoy no es ni la pobreza ni la riqueza, por muy importante que ese abismo sea, está en otro lugar. ¿Dónde? El verdadero abismo se da entre la fe profunda, movilizadora, esencial y la fe domesticada, agarbanzada. En Europa también, y no solamente en el entorno geográfico y cultural propiamente islámico, la fe más viva es la ligada al Corán, fuente de fe martirial, y a su vez fuente de credibilidad. Sin mártires no hay fe. No estamos hablando de meros heterodoxos, sino de mártires. Y tampoco estamos hablando de martirios esperpénticos ni fanatizados, evidentemente. Lo que ciertamente está en crisis de muerte es la fe aburguesada, aquella a la que Emmanuel Mounier denominaba cristiandad difunta, y a la que el ateísmo militante del siglo XIX dirigía sus dardos, antes de convertirse él mismo en movimiento obrero difunto. A la fe se la mata cuando no se la somete a persecución por anunciar el Reino, en el sentido en que nos hablan de ello las Bienaventuranzas: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, es decir, de la injusticia en todos los terrenos de la existencial, también de la injusticia personal y moral. No se dará en este clima el crecimiento de los cristianos del que hablan los Hechos de los Apóstoles, sino precisamente lo contrario: la apostasía fáctica. Sin biografías como las de san Pablo estamos siendo devorados por los leones del nuevo imperio, los del american way of life, a los cuales, por cierto, los cristianos europeos nos entregamos tan felices, entonando incluso cánticos de alabanza según vamos siendo engullidos por ellos. Siempre los leones, los de entonces y los de ahora.
3. El catolicismo, por otra parte, a medida que se ha perdido entre las cosas, conforme a las leyes del mercado liberal, se ha ido también liberalizando, como desgajándose de la institución-Iglesia. La negación o cuestionamiento de los sacramentos (especialmente la Confesión, pero no sólo ella), la actitud ante el clero, la jerarquía, el Papa, etc., van convirtiéndonos en irredentos «protestantes» cada vez más. Por otro lado, la incultura religiosa católica, el tedio religioso y todo lo demás vacía nuestras iglesias, reservadas para la tercera edad. Las ONGs realizan las funciones de la Iglesia anterior, y la propia Iglesia se ha empeñado en asemejarse a una ONG. Todos tan contentos.
4. ¿Y Dios, por su parte? Dios no parece reaccionar. Cada vez soporta más, tanto a sodomitas como a gomorrinos. ¿Estará perdiendo la fe en el hombre, se preguntan los desesperanzados? ¿Se habrá inmunizado a sí mismo Dios con algún cinturón de seguridad? ¿Es Dios infalible porque no parece hacer nada, arriesgar nada, solamente descansar de su Semana Santa propia? ¿Proporciona Dios signos de presencia? Y si los da ¿por qué no resultan convincentes para la mayoría? ¿Es Dios un mal pedagogo, que no sabe cómo hacer para que la gente se interese por él? ¿Y cómo sigue permitiendo el mal, habiendo tanta injusticia en el mundo? ¿Acaso no podría ponernos en camino hacia Él, instarnos a buscarle si Él quisiera? Un hombre europeo con un complejo de Dios tan fuerte, que incluso le lleva a la teofobia y a la cristofobia a veces, inmerso en el politeísmo de recámara y de dinero ¿cómo podría dejar un sitio para Dios, para «el Dios desconocido» del Areópago?
5. Hoy la razón no es la antítesis de la fe. El ateismo en Europa no se molesta lo más mínimo en tratar de sustituir la fe por la razón, como hacían los ateos clásicos, sino por la sustitución del deseo: ya no desea el Deseo, sino deseos de deseos, no busca realidades, sino poder, en el sentido en que lo analiza René Girard. Reinan las querencias, no el querer, pues solamente se puede querer a alguien, pero no a algo. Creer sólo se puede creer en alguien, los cristianos en Cristo, pero Cristo ya no es experiencia, sino adjetivación para este sector del mundo llamado Europa. Una fe absoluta sólo puede depositarse en alguien absoluto. Sería totalmente absurda una confianza absoluta en alguien relativo. Ello significaría la institucionalización del fracaso del deseo. Ahora bien, el Narciso unidimensional prefiere su propio yo como absoluto, en cuya penultimidad se satisface sin más. ¿Cómo podría él querer resucitar, y menos aún ser resucitado? Porque no quiere morir, no puede resucitar. Prefiere consumir su propio cuerpo, antes que sembrarlo en la cruz de Cristo. Más aún, Narciso, el verdadero hijo de Europa esta dispuesto a matar antes que a morir, pues en el fondo no quiere morir para no tener que resucitar, no sea que no le guste la vida eterna y se vea obligado a la engorrosa tarea de pedirle a Dios el libro de reclamaciones. Narciso sólo entiende la vida eterna como prolongación del pan y del circo. Por eso, no queriendo saber morir, sólo puede entender la eternidad como un proceso reencarnatorio: volver a ser yo mismo después de haber sido yo mismo para volver a ser yo mismo. Botafumeiro de ida y vuelta. Dios no cabe en Europa, sólo los más folclóricos dicen que es del Real Madrid, o de la sin par Sevilla.
6. ¿Es posible que Europa viva ya sin fe alguna, fuera de la inmanencia? Sustituyendo lo trascendente por lo inmanente deificado, vive una vida sólo funcionalmente religiosa, es decir, realmente idolátrica. La fe, reducida al mínimo imprescindible para hacer creer que se quiere creer, aunque sin querer quererlo, es una fe de mantenimiento, con ritos consuetudinarios pero ya ininteligibles para la nueva camada de Narcisines. Es una fe de mantenimiento, el paso previo al encefalograma plano. Se cumple aquí —diríamos metafóricamente— lo que el marxismo denominaba «ley de bronce del salario»: el mínimo calórico necesario para la supervivencia, una fe anoréxica. Cada vez encontramos más cultos de mínimos junto a una incuria máxima, cultos combinatorios, por así decirlo, en la medida en que se hace que la fe combine con cualquier otro ingrediente. Vita minima, mors maxima, certeza de que estamos en vías de extinción, al menos como lo barruntan los tenebrantes síntomas ecológicos: el mundo se muere. Y un hombre para la muerte, tocado de una muerte que difícilmente se deja maquillar, desarrolla una tanatología que es la antítesis de la esperanza y de la verdadera y perfecta alegría. Vivimos, decía Margarette de Yourcenar, como si los dioses paganos aún no se hubiesen ido y el Dios cristiano todavía no hubiera llegado.
7.Hoy estamos en una relación enantiobiótica, es decir, para el perjuicio de lo contrario a mi ego. No extrañará que se dé culto a lo diabólico, a lo acusativo, a lo que —como escribiera Goethe— siempre niega; dicho en hebreo, a Satán. Hoy se cree más fácilmente en el demonio que en Dios, y a Dios se le convierte en un demonio: ¿acaso no ha dicho su portavoz que la guerra de Iraq es una guerra justa, honorable, santa incluso? Ícono contra diábolo: la guerra santa capitaneada por Lucifer. Lo luciferino, lo siempre negador, es mucho más visible y perceptible. Lo menos deseado es la religión. Hoy se vive con gran desesperanza, y los ámbitos católicos en que no es así —que no son todos, afortunadamente— carecen del suficiente espíritu profético para exorcizarlo. La no-fe, lo satánico, tiene dos extremos, entre los que pululan sus seguidores: el hedonismo y el nihilismo, variantes de una misma nada como objeto de culto expresada en lo no-Dios a través de manifestaciones politeístas innumerables. Es esa la dimensión oculta del nihilismo, su baba satánica: que todo nihilista es combativo, combate contra el sí, pero tiene fe en el no. Mas ¿acaso no se da en Europa esa fe-sin-fe en ese yo que es no-yo? No, o no del todo; lo que está presente es el querer vivir haciendo que no se quiere vivir, algo propio de aquel nihilismo decadente criticado por el propio Nietzsche: cuando el revolucionario decae se convierte en rebelde, y cuando el rebelde actúa aparecen las pezuñas aseadas del burgués, bípedo implume. Un yo saturado de placeres, religiosamente desmayado, ni siquiera se atreve a no-querer-no-querer, se limita a cultivar su breviario de podredumbre, como le gustaba a Ciorán. |
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