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Escrito por Alejandro Soriano Vallés
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Domingo 01 de Junio 2008 |
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LUCES Y AMORES 
Un cristiano, decía Malcolm Lowry, es alguien que está alegre aunque el mundo se venga abajo. Pero el mundo se está viniendo abajo siempre, así que nuestra alegría debe ser permanente.
Por Alejandro Soriano Vallés
Un cristiano, decía Malcolm Lowry, es alguien que está alegre aunque el mundo se venga abajo. Pero el mundo se está viniendo abajo siempre, así que nuestra alegría debe ser permanente. Tal alegría, explicaba san José María Escrivá, no es la del «animal sano», sino la de sabernos Hijos de Dios. He aquí el optimismo cristiano. El pesimista, contaba Chesterton, no es quien está cansado de lo malo, es quien está harto de lo bueno. Contrariamente, el optimismo que nos guía proviene de saber que existe el mal en el mundo, que ese mal es muy poderoso, y a pesar de ello, el bien es infinitamente superior.
El mundo pagano que hoy nos pintan como deseable en su aparente desenfreno y ausencia de normas morales, sabía del pesimismo. Sabía que, a pesar de los goces corporales e intelectuales, estaba condenado. Condenado al hastío de la repetición; a la sujeción a una naturaleza inmutable e inclemente, incapaz de superarse a sí misma. Por eso, cuando recibió el mensaje evangélico, ese mundo que hoy tantos filósofos anhelan, se convirtió masivamente. Luego de 2000 años, nos hemos «acostumbrado» a la revolucionaria libertad proveniente de Nazaret. Es, sobre todo, la revolución de la alegría. En la voz de Cristo aparece algo que hoy, por habitual, desconocemos: ya no somos siervos, somos Hijos de Dios.
En efecto, ya no somos siervos ni de los hombres ni de la materia ni de las leyes cósmicas ni de nuestra propia naturaleza caída. No somos más, respecto de esto último, siervos del mal. Somos libres baj el amor del Padre, garantía suprema de que sobre nuestra libertad no volverá a triunfar el mal si no lo permitimos. De aquí viene la alegría que, aunque veamos el mundo resquebrajarse, nos cobija. El optimismo cristiano proviene del conocimiento del mal del mundo; de saber que ese mal, por muy poderoso que sea, será siempre derrotado. |