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JORNADA MUNDIAL POR LOS SACERDOTES

¿De verdad hay sacerdotes santos?
Por Diana R. García B.
Bien dijo santa Micaela del Santísimo Sacramento que «los santos no nacieron santos; llegaron a la santidad después de una larga continuidad de vencimientos propios». Sin embargo, el llamado a la santidad no es sólo para los ministros de la Iglesia, para las religiosas y religiosos, y para unos cuantos laicos iluminados. Dios hace a todos sus hijos un llamado muy serio a la santidad, un llamado que nos viene desde tiempos del Antiguo Testamento: «Sean santos porque Yo, Yahveh, Dios de ustedes, soy Santo» (Levítico 19, 2), y que san Pedro se apresura a recordarnos (cfr. 1 Pe 1, 16). En palabra de Nuestro Señor Jesucristo suena más fuerte la exigencia: «Sean perfectos como su Padre Celestial es Perfecto» (Mt 5, 48).
Una misma vocación a la santidad
El ministerio sacerdotal está conformado por aquéllos que han recibido el sacramento del Orden: diáconos, presbíteros y obispos. Ciertamente ellos tienen un llamado especial, puesto que fueron elegidos por Dios -- no existe ningún «derecho» a ser sacerdote -- para servir de tiempo completo a su Pueblo, que es la Iglesia. Pero, repetimos, el llamado que el Señor les hace a ser santos es el mismo que hace a cada uno de los bautizados, y de ello todos tendremos que dar cuentas.
Dice el decreto Prebyterium Ordinis que «el fin que buscan los presbíteros con su ministerio y con su vida es el procurar la gloria de Dios Padre en Cristo. Esta gloria consiste en que los hombres reciben consciente, libremente y con gratitud la obra divina realizada en Cristo, y la manifiestan en toda su vida. En consecuencia, los presbíteros, ya se entreguen a la oración y a la adoración, ya prediquen la Palabra, ya ofrezcan el sacrificio eucarístico, ya administren los demás sacramentos, ya se dediquen a otros ministerios para el bien de los hombres, contribuyen a un tiempo al incremento de la gloria de Dios y a la dirección de los hombres en la vida divina». Así, cuando el sacerdote cumple cabalmente su ministerio, se encuentra definitivamente en el camino de la santidad; del mismo modo que el laico se santifica cuando hace todos lo que debe hacer en la vocación a la que ha sido llamado.
El mal ejemplo de unos cuantos
Por desgracia, la pregunta que hoy muchos se hacen es: ¿de verdad hay sacerdotes santos? Lamentables acontecimientos ocurridos a lo largo de la historia, entre ellos los recientes escándalos por la conducta inmoral de algunos presbíteros en Estados Unidos, ha hecho creer a muchos que los ministros ordenados son la antítesis de la santidad.
La descalificación, pretexto para abandonar la Iglesia
Pero a quienes atacan la Iglesia utilizando esos hechos para desacreditarla habría que recordarles que la conducta de unos pocos no puede descalificar a la totalidad. De lo contrario, la conducta de Judas Iscariote descalificaría por completo a los restantes once apóstoles; mas, si el propio Jesús no los descalificó, ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros?
Además, nuestra confianza no está en los sacerdotes, sino en Dios mismo; ellos sólo son canales de la Gracia -- queridos y puestos por Dios mismo -- , pero no son la Gracia ni son dioses.
Entre los sacerdotes hay muchos más santos que pecadores
Quienes se alejan de la Iglesia pretextando la mala conducta de unos pocos sacerdotes olvidan que cada quién tendrá que dar cuentas de manera individual de lo que hizo, y que Dios se encargará el Día del Juicio de proporcionarle a cada quien lo que le corresponde. Y que si la salvación de uno dependiera sólo de lo que hacen los sacerdotes, entonces habría que permanecer siempre en la Iglesia porque el número de diáconos, presbíteros y obispos que ha sido motivo de inmenso bienestar espiritual, humano y social ha sido, es y -- con el favor de Dios -- será siempre muchísimo mayor que el daño de los malos pastores.
En la Santopedia (http://www.santopedia.com), bajo el rubro de «sacerdotes santos», se contabiliza la biografía de 534 de los que ya han sido beatificados o canonizados; pero, obviamente, es apenas un pequeñísimo número de los muchos diáconos, presbíteros y obispos que gozan ya del Cielo después de una vida callada al servicio de Dios y de su Iglesia: «Bien, siervo bueno y fiel.., entra en el gozo tu Señor» (Mt 25, 21)
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