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Leopoldo Mandic: ni misionero, ni predicador ...ni nada Imprimir
Escrito por El Observador   
Domingo 25 de Mayo 2008

JORNADA MUNDIAL POR LOS SACERDOTES

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Leopoldo Mandic: ni misionero, ni predicador ...ni nada. ¿Un sacerdote fracasado?

«En verdad soy una calamidad. Soy una figura verdaderamente ridícula», decía de sí mismo este religioso débil, enfermizo, tímido y, para colmo, con un defecto de pronunciación por el cual nadie le entendía __ ¿Qué hizo este «fiasco» de religioso presbítero para merecer que en 1983 Juan Pablo II lo declarara santo?

San Leopoldo Mandic nació en 1866 en Croacia (parte de la antigua Yugoslavia). A los 16 años entró al noviciado capuchino de Udine (Italia). Era desgarbado, tímido y torpe en el hablar.

Desde muy joven se llenó de ilusiones sobre su vida sacerdotal. Como en su tierra natal había diversidad de cristianos separados de la verdadera Iglesia, ansiaba dedicar su vida a las misiones y, después de aprender los idiomas esloveno, serbio y griego, quiso volver allí después de ordenado presbítero; pero, enfermizo y débil, quedó impedido para aquella aventura. «Entonces me dedicaré -- pensaría -- a predicar incansablemente»; pero un defecto de pronunciación le hacía muy difícil hacerse entender y sus sermones prácticamente no eran comprendidos por nadie.

La Providencia le hizo ver cómo convenía que todas sus ilusiones se vinieran abajo, una por una... El padre Leopoldo no podía hacer muchas cosas, y tuvo en vida un catálogo de enfermedades: sufrió de los ojos y de artritis; hubo de someterse más tarde a que le extrajeran todos los dientes. El estómago le causaba tales dolores que no le dejaban reposo. La fiebre no le dejaba casi nunca y en sus últimos años el cáncer acabó con su estómago. Además, apenas pudo aprender el italiano.

Estas circunstancias le llevaron a darse cuenta de que Dios tenía otros planes y que le quería sobre todo para la ardua tarea del confesionario, especialmente en Padua, donde vivió gran parte de su vida. La gente no salía de su asombro: «¿qué tiene ese hombrecillo que atrae como un imán a todos, si apenas sabe hablar y, sin embargo, transforma a los que le oyen?». Lo buscaban por su candor y su paciencia, y él, entregado por completo a Dios, daba esperanza a todos.

Uno de tantos que se confesó con él declaraba: «Le conocí por primera y única vez en 1936. Agobiado por múltiples problemas y, habiendo oído que era un verdadero santo, acudí. No estuve con él más de diez minutos, pero salí de allí tan confortado y con una fe tan inconmovible que aún la conservo hasta el día de hoy».

Lo único que le impidió trabajar sin descanso al padre Leopoldo hasta el día anterior a su muerte, en 1942, fue un ataque cerebral que marcó el final de su vida en el silencio de un confesionario.

Resumido de «Los Nuevos Santos» (1992), de Rafael Arce Gargollo, Editorial Panorama.

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