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CIVILIZACIÓN

Ante el desprecio de algunos sabios europeos por todo lo americano, los intelectuales criollos demostraron los valores de México.
Por Diego García Bayardo
A lo largo de los siglos, muchas personas de toda condición han cuestionado el patriotismo de los mexicanos. Se ha hablado mucho del vacío escondido detrás de las ruidosas manifestaciones populares cuando nuestra selección de futbol consigue algún éxito, o cuando se celebra una fiesta nacional como la del 16 de septiembre. Después de todo, en innumerables reportajes televisivos hemos visto errar vergonzosamente a tantos y tantos compatriotas que, cuando se les pregunta qué acontecimiento están celebrando en una u otra fecha, contestan increíbles barrabasadas. De ahí que algunos supuestos intelectuales hayan llegado a la rápida conclusión de que no existe el patriotismo en México, que aquí no hay nacionalistas, que todo es ficción. Hasta nos acuñaron el barbarismo patrioteros para encasillar a los bulliciosos fiesteros de lo nacional.
Es cierto que algunas personas lo ignoran todo acerca de la historia de México, y también lo es, por desgracia, que desde el siglo XIX hasta la fecha algunos mexicanos han traicionado a la patria en sus momentos más difíciles, al grado incluso de colaborar activamente con invasores y agentes enemigos. Pero nada de esto debería hacernos perder la perspectiva. Para empezar, todos los pueblos y las historias nacionales cuentan con su propia lista de traidores, su nómina de la infamia, y sólo por ignorancia se podría suponer que México tiene la exclusividad o la primacía en tan poco honrosa materia. Pero, sobre todo, es un hecho que nuestro país ha contado desde siempre con auténticos nacionalistas, con multitudes de mexicanos que aman y defienden a su país lo mismo desde la callada cotidianidad de sus trabajos, escuelas y hogares que en el áspero encuentro de las relaciones internacionales y del campo de batalla.
La mexicanidad y el nacionalismo son ideas que están en formación y transformación, sin duda, pero no pueden ser algo semejante a un ideal que siempre está adelante y que nunca se alcanza. Por el contrario, el nacionalismo mexicano no sólo ha estado presente en toda nuestra historia como nación independiente: lo ha precedido desde mucho antes. Puede parecer extraña la afirmación de que ya había patriotismo mexicano antes de que existiera México, pero ¿cómo podría nuestro país haber buscado su independencia y libertad si no hubiera tenido ya amor y conciencia de sí mismo? ¿Cómo podría la gente haber seguido las banderas de Hidalgo, Morelos e Iturbide sin haberse sentido nación por derecho propio?
En el siglo XVIII, varios intelectuales criollos -- personas de ascendencia española pero ya nacidas en México -- decidieron romper con las lealtades de su pasado familiar y entregar su intelecto y pasión a la tierra que los vio nacer. Estos criollos, nacidos en una Nueva España que a veces ya llamaban México, iniciaron en el campo de la ciencia y el pensamiento lo que Hidalgo comenzó después en el campo de batalla: el surgimiento de nuestra conciencia y ser nacional. Veamos dos ilustres ejemplos.
El pensamiento de los mexicanos, según Juan José de Eguiara y Eguren
En la España de los 1730's, un intelectual llamado Manuel Martí tuvo la ocurrencia de escribir unas Epístolas en las que afirmaba que en Hispanoamérica no existía la capacidad para cultivar el espíritu mediante el estudio, y que, especialmente en la Nueva España, nunca se había hecho ejercicio intelectual alguno. Esto molestó enormemente al teólogo don Juan José de Eguiara y Eguren (1696-1763), catedrático de la Real y Pontificia Universidad de México, filósofo y orador sacro. Decidido a probar la falsedad de los prejuiciados conceptos anti-americanos, Eguiara dedicó más de diez años a recopilar toda la información disponible sobre los mexicanos y mexicanas que se habían distinguido hasta entonces en el pensamiento, las ciencias y las artes. Comenzó Eguiara a redactar su obra enciclopédica llamada Bibliotheca Mexicana, pero el volumen y ambicioso alcance del proyecto eran tales que su autor no lo pudo terminar. Eguiara alcanzó a escribir su monumental catálogo hasta la letra J, pero en vida sólo alcanzó a publicar el primer tomo, que abarcaba de la A a la C.
Aun así, Eguiara logró componer más de mil semblanzas de mexicanos ilustres en todos los campos de la cultura y demostrar patentemente lo vacías y mal fundadas que eran las suposiciones del deán Martí y de otros que afirmaban lo mismo. Juan José de Eguiara, en su magna obra, además de presentar el panorama de la cultura mexicana desde antes de la Conquista hasta el siglo XVIII, escribió la primera reflexión filosófica sobre la historia de México.
La historia de los mexicanos, según Francisco Javier Clavijero
En el siglo XVIII abundaban los autores europeos que, sin haber siquiera visitado América alguna vez, disertaban ampliamente sobre los males y defectos de este continente, al grado de que pensadores como Buffon y Cornelius de Pauw afirmaban que en América todo era «degenerado y monstruoso», a un tiempo «inmaduro y decrépito». Entonces un criollo veracruzano decidió salir al paso de las calumnias de de Pauw: el jesuita Francisco Javier Clavijero (1731-1787). Clavijero había aprendido la lengua náhuatl desde niño, y en sus estudios universitarios aprendió también latín, griego, portugués, italiano, alemán e inglés. Durante los años dedicados a la docencia, Clavijero recopiló códices e infinidad de textos antiguos que más adelante le serían de gran utilidad.
Los jesuitas fueron expulsados de España y sus colonias por aquel todavía polémico decreto del rey Carlos III en 1768. Clavijero tuvo que exiliarse a Italia, como tantos de sus compañeros de Orden, y fue en Bolonia donde finalmente radicó. Ahí empezó a escribir su obra cumbre: Historia antigua de México, que significó un verdadero rescate del pasado prehispánico de nuestro país y un trabajo prodigioso de memoria y erudición. Escribiendo con un tono algo pesimista, seguramente motivado por la extinción de su Orden, Clavijero recuperó para la historiografía los nombres y obras de los reyes, guerreros, artistas y sabios prehispánicos, buscando demostrar que la historia mexicana nada tenía de inferior a la clásica grecorromana. Como un mexicano de corazón, Clavijero glorifica las virtudes de los indígenas, sin dejar por eso de señalar sus vicios, y se muestra crítico y severo ante los actos y las motivaciones de los conquistadores españoles.
Con esta obra y otras menores, Clavijero comenzó la recuperación de la conciencia histórica de México.
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