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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 25 de Mayo 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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¿Sabrán lo que piden los que suplican al cielo que los libre de la muerte? «No contaba con las ausencias de los seres queridos cuando decía querer vivir cien años», confesó una vez Ernesto Sábato, el escritor argentino, a un periodista.

Por el padre Juan Jesús Priego

Hay en la literatura judía antigua una leyenda que dice así: «Una vez un sabio talmudista se quedó dormido en una cueva durante setenta años. Cuando despertó, vio el mundo tan cambiado que no pudo hacer otra cosa que orar a Dios pidiéndole la muerte».

Según la tradición, el nombre del sabio talmudista era Choni Hamagol, aunque para nosotros da lo mismo que se llamara así o como fuera. Lo importante, en todo caso, no es su nombre, sino lo que debió experimentar al abrir los ojos tras un sueño que duró poco más de medio siglo.

Imaginemos aunque sólo sea por un instante lo que sentiría este hombre al recibir directamente sobre sus pupilas los rayos del sol. Los sonidos de su alrededor ya no eran los mismos de hacía setenta años, ni las casas, ni los rostros. Al recorrer las calles de su pueblo, acaso pensaría haberse perdido en un mundo de extraños. Adivinamos las preguntas que este ser desorientado se habría hecho en su interior: «¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi casa?, ¿y mi esposa?, ¿y mis hijos?». Sus oídos se aguzarían buscando una voz amada o, ya por lo menos, familiar. Pero en vano; no la encontraría. Las voces que él amaba se habían extinguido ya desde hacía tiempo, o se habían vuelto roncas, o tal vez asmáticas. Lo que había a su alrededor eran otras voces, otros ámbitos (como diría Truman Capote). ¿Dónde se habían metido sus seres queridos, dónde estaban ahora? «Esta ciudad es la mía, y, sin embargo, no lo es», se dijo a sí mismo Knulp antes de partir a tierras lejanas en Tres momentos de una vida, el bellísimo relato de Hermann Hesse (1877-1968). Pues bien, el sabio talmudista debió haber dicho esto mismo para sus adentros. ¿En qué ciudad estaba, en qué mundo? Al recorrerlo lentamente, se daría cuenta de que, aunque el pueblo era el mismo que dejó, de alguna manera era ya otro. Un pueblo absurdo.

Al llegar a su casa se detendría, aunque sin llamar a la puerta. ¿Quién viviría en ella? Y, por lo demás, sean quienes fueran los que ahora la habitaran, ¿se acordarían de él? ¡Qué pregunta más tonta! ¿Cómo iban acordarse de él? Los que antes de que se durmiera tenían sólo diez años eran ahora unos octogenarios sin dientes y sin memoria. Sus amigos, todos, se habrían ido ya al otro mundo. ¿Qué le esperaba en este pueblo de desconocidos?, ¿qué en este pueblo en el que su suerte no sería muy diferente a la de los extranjeros? Se hallaría solo, tremendamente solo. ¿Qué corazón latiría por él, qué voz se alzaría llamándolo por su nombre? ¡Mejor era morirse!

Según La Odisea, uno de los monumentos literarios más sólidos de la humanidad, lo mismo pasó con Laertes, padre de Ulises, el hombre de las mil astucias. También él, un día, viéndose solo en el mundo, empezó a clamar a Zeus pidiéndole la muerte. Cuando Ulises llega de incógnito a su anhelada y rocosa Ítaca, Eumeo empieza a referirle detalladamente cuanto ha sucedido desde su partida; es entonces cuando se entera de que su padre vive aún. «También Laertes vive todavía -- explica Eumeo -- , pero implorando a diario a Zeus que extinga la vida de su cuerpo. Le desespera vivir en esta tierra de la que está ausente su hijo y en donde murió su mujer, la compañera de su juventud».

¿Sabrán lo que piden los que suplican al cielo que los libre de la muerte? «No contaba con las ausencias de los seres queridos cuando decía querer vivir cien años», confesó una vez Ernesto Sábato, el escritor argentino, a un periodista. Y, claro, era necesario también pensar en ello.
Otra historia parecida, pero tomada ahora de un autor contemporáneo: Ryszard Kapuscinski (1932-2007). En el segundo volumen de su Lapidarium cuenta el famoso periodista que una vez se encontró en una calle de Polonia, su país natal, a una de sus vecinas, la nonagenaria señora Rogowska, y que ésta le dijo en tono lastimero: «Me gustaría irme más allá -- y señalaba el cielo con la mano-, con mis conocidos. Estoy segura de que me están esperando. ¿Aquí abajo, en cambio? -- e hizo un gesto amplio que abarcaba el mundo entero -- . Aquí abajo no hay nada claro. No entiendo nada de nada».

Cuando todos los nuestros se han ido -- y envejecer es haber asistido a muchas muertes -- , ¿para qué obstinarse en seguir aquí? Morir, después de cierto tiempo, más que una maldición es un don de Dios. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto», dijo una vez Jesús a sus discípulos. Sí, la muerte es terrorífica; pero, ¿no sería más terrorífico quedarnos aquí, en este mundo, mientras todos a nuestro alrededor cierran los ojos y se van? ¡Como Laertes, al final acabaríamos pidiendo a Dios que se compadezca de nosotros y nos lleve de una buena vez con Él a su casa!

Al menos para mí, no querría yo la «suerte» de sobrevivir mucho tiempo al último de mis seres queridos. Como Choni Hamagol, sería un extraño en el mundo; como Laertes, me sentiría profundamente desdichado; y, como la señora Rogowsa, acabaría por no entender nada de nada.

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