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VIGÍA

Nos hemos acostumbrado a decir que lo que depositamos en las canastas de la colecta durante la Misa dominical es una limosna.
Por Javier Algara
Nos hemos acostumbrado a decir que lo que depositamos en las canastas de la colecta durante la Misa dominical es una limosna. Pensamos en esos donativos del mismo modo que pensamos en lo que damos a los pobres que se acercan a nosotros por alguna necesidad. Y cuando el párroco nos avisa que es tiempo de pagar el diezmo, y nos pasa un sobrecito para tal objeto, lo tiramos a la basura porque consideramos que ya hemos cumplido con eso en forma más que suficiente con la morralla que depositamos en Misa. Es un buen truco para engañar nuestra conciencia, originado probablemente en nuestra falta de compromiso con la Iglesia y en nuestra ignorancia.
La limosna es el donativo que se hace a las personas necesitadas, pobres o enfermos, que no tienen cómo solucionar sus necesidades con sus propios medios económicos. Lo que damos en Misa los domingos es una ofrenda, algo que entregamos como don al Padre para unirnos a la donación que Cristo hace de sí mismo en la Eucaristía. Como no podemos darnos en la misma forma que Él, vicariamente damos algo bueno de nosotros mismos. Lo que damos para ser ofrecido en el altar debe significar la calidad e intensidad de la ofrenda que hacemos a Dios de nuestras vidas. No es una limosna, por más que parte de lo que ofrecemos pueda ser utilizado para ayudar a pobres o enfermos. Ni tampoco es nuestra contribución al sostenimiento de los presbíteros o al mantenimiento de los edificios parroquiales, aunque bien pueden ser usada con ese objeto. Es nuestra ofrenda, la ofrenda de nosotros mismos. Una ofrenda nacida de la fe. Por eso la colecta se ubica en la liturgia de la Misa en el momento en que el sacerdote ofrece el pan y el vino, fruto de nuestro trabajo.
La Iglesia, por otra parte, tiene una misión específica. Las actividades misioneras, los hospitales, las escuelas, los templos y los sacerdotes, los salones de catecismo, los dispensarios, orfanatos, hogares de ancianos, etc., son parte de esa tarea. Todo ello requiere que cada cristiano contribuya -- económicamente -- con lo que esté a su alcance. No podemos pertenecer a la comunidad cristiana si no cooperamos para su sostenimiento y desarrollo.
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