|
CIVILIZACIÓN

Con esta página esperamos demostrar que la Iglesia, además de preservar y transmitir el Evangelio como su primera y fundamental misión, también ha sido una gran benefactora de toda la humanidad y constructora día a día de la civilización del amor.
Desde que el Evangelio comenzó a resonar por el mundo, voces discordantes intentaron acusar a los cristianos de ser enemigos de la cultura, la paz y la civilización. En la Roma que conoció san Pedro los cristianos fueron acusados -- vaya paradoja -- de corromper a la sociedad y destruir la moralidad.
Por ignorancia o mala fe, muchas veces se ha hablado del cristianismo como de una rémora que impidió el progreso de la humanidad en diversas épocas y contextos, al grado de que muchísimos católicos han acabado creyendo, por ejemplo, que la Iglesia hundió a Europa en la ignorancia y la superstición durante la Edad Media. Mitos como éste, perpetuados desde la época de la Ilustración, enseñan a las sociedades a creer que la Iglesia es una retardadora del progreso, que es «la infame», y que su doctrina es «el opio de los pueblos». Los peores adversarios de la Iglesia la condenan en bloque; otros, supuestamente más generosos, prefieren creer que la doctrina cristiana como tal es inofensiva, incluso simpática, pero que la institución material llamada Iglesia sólo se ha dedicado a frenar el avance de la ciencia y a sustituir el conocimiento verificable por supersticiones y fanatismos.
Ante ese cúmulo de mentiras, que hoy continúan y se difunden ahora en diversos medios para las masas, es necesario que los cristianos recordemos el secular papel civilizador de la Iglesia, el carácter creativo y constructor del cristianismo. Generaciones y generaciones de católicos que han sabido ser «luz del mundo» y «sal de la Tierra», han dedicado su amor y fortaleza a transformar su entorno desde la perspectiva de Cristo, quien lleva a los hombres y a la creación entera hacia su perfección. En campos como la educación y la medicina, la ciencia y el arte, la asistencia social, la comunicación y en toda forma de relación humana, la Iglesia ha sabido ser para toda la humanidad un don inapreciable, tanto para sus fieles como para los millones de personas que aunque viven fuera del cristianismo han recibido a manos llenas los beneficios y ventajas que éste ha logrado para todos.
La serie que iniciamos hoy intenta rescatar algunas de las muchas acciones que los fieles de Cristo han emprendido en México y en el mundo para transformar la Tierra a la luz de la fe. Sacerdotes, laicos, misioneros y católicos de toda condición han consagrado su existencia para mejorar las vidas de las personas que los rodean y han dejado que su vocación cristiana se transparente en sus labores cotidianas, en sus trabajos a veces heroicos y en sus muertes ejemplares.
Con esta página esperamos demostrar que la Iglesia, además de preservar y transmitir el Evangelio como su primera y fundamental misión, también ha sido una gran benefactora de toda la humanidad y constructora día a día de la civilización del amor.
(Diego García Bayardo)
----------------------------------------------------------------------------
La epopeya de los camineros de Dios
Para civilizar una región es necesario contar con caminos y carreteras; infraestructura, le llaman. Sin embargo, construir caminos no siempre ha sido una labor prioritaria o exclusiva para los gobiernos. A veces, cuando en lugares remotos no existe atractivo comercial o cuando la fe tiene más prisa que la economía, los católicos de acción toman la iniciativa para construir los caminos necesarios para unir a todas las personas, especialmente a las más marginadas. Entonces estos constructores de la civilización de Dios son capaces de realizar verdaderos prodigios.
Sebastián de Aparicio, caminero y fraile
El beato Sebastián de Aparicio es un héroe civilizador en más de un sentido. Nacido en Galicia, con una temprana vocación para la santidad, este laico visionario llegó a tierras mexicanas en 1533 con la intención de vivir como labriego, pero al ver que el camino de Veracruz a Puebla y de ésta a México era apenas transitable a pie, decidió arreglar el problema de inmediato. Obtuvo los permisos necesarios y haciéndola de «ingeniero y contratista, peón y maestro»1 realizó la construcción del camino, adecuado para el paso de carretas y lo que para la época se podía considerar como tráfico pesado. Desde entonces el camino de Veracruz a la ciudad de México fue la arteria económica principal de toda la Nueva España.
Sebastián de Aparicio se volvió transportista (además de charro domador y varias cosas más), y en esa labor contribuyó grandemente a la prosperidad de las nuevas ciudades. Llevando gratis en sus carretas a los pobres, popularizó además el aventón o auto stop, todo por amor a su prójimo. Tiempo después, cuando Sebastián ingresó como lego a la orden franciscana, siguió con su carreta transitando por el camino que había construido, ahora dedicado a recabar y transportar los granos y demás bastimentos que pedía como limosna para los pobres.
Jesuitas y franciscanos en el norte
Las regiones del norte de la Nueva España fueron las más difíciles de evangelizar, en gran medida porque los indígenas eran cazadores recolectores y, por tanto, no conocían la civilización. La geografía y el clima fueron también factores que hicieron de la colonización de aquellas zonas un reto casi imposible de lograr. Sin embargo, los jesuitas primero y los franciscanos después, lograron fundar muchas misiones en las Californias, en Arizona y Sonora, y algunas de ellas crecieron hasta convertirse en ciudades muy importantes hasta el día de hoy. Las misiones californianas se fueron fundando entre 1683 y 1834 y siempre los misioneros, con el apoyo de los indígenas, construyeron caminos que las unieran a todas. El Camino Real de California conectó 21 misiones, 2 pueblos y 4 presidios2, fundados en su mayoría por fray Junípero Serra y sus compañeros. Del mismo modo, las misiones de Sonora y Arizona fueron bien comunicadas por caminos. Aquí conviene recordar que el padre Fray Eusebio Kino, además de fundar muchas de estas misiones, realizó diversas exploraciones, incluyendo aquella que descubrió la ruta terrestre para llegar a California y que entonces comprobó que ésta era una península y no una isla, como hasta ese entonces se había creído.
El padre Miracle también fue caminero
En pleno siglo XX, la evangelización todavía puede verse compelida a construir caminos que lleven la fe y la prosperidad a los lugares más apartados. Un ejemplo notable es el del fraile español Francisco Piñol Miracle, bien recordado en Querétaro a cuatro años de su partida a la Casa del Padre. Este intrépido capuchino llegó a la misión de Tilaco, en la Sierra Gorda queretana, en 1963 y tuvo que iniciar la evangelización casi desde cero, pues hacía 25 años que no contaban con sacerdote en aquella región. El padre Miracle logró conquistar los corazones de su grey y dedicó mucho de su esfuerzo en mejorar las condiciones de vida de aquellas personas. Convertido en caminero, construyó con los pobladores el camino Tilaco-La Lagunita, con la ayuda de un viejo camión de volteo (que bautizó como «El huracán de la Sierra») que tuvo que ser transportado en partes y ensamblado. También con el apoyo de la gente puso los postes necesarios para llevar la electricidad hasta ese lugar.
El padre Miracle, como tantos otros misioneros en México y el mundo, hizo patente que la Iglesia no está lejos de la gente, que el Evangelio demanda la acción de los fieles para ayudarnos en nuestras necesidades y que el cristianismo es -- además del camino al Cielo -- constructor de caminos en la Tierra para todos los hombres.
**********
1) Cfr.: Calvo Moralejo, Gaspar, O.F.M., Emigrante... hay camino: Sebastián de Aparicio. En: http://www.franciscanos.org/santoral/sebastianaparicio.htm 2)Cfr.: Mejía, Iván. Organización californiana busca preservar memoria de Camino Real. En: http://www.vida-nueva.com/news.php?nid=677
|