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Emigrar a EU sigue siendo la única oportunidad Imprimir
Escrito por Gilberto Hernández García, OFM   
Domingo 02 de Septiembre 2007

REPORTAJE

Jornada Nacional del Migrante

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Emigrar a EU sigue siendo la única oportunidad de sobrevivencia para millones de personas y familias.

Por fray Gilberto Hernández García, OFM

La migración humana, desde cualquiera de los ángulos que se le vea —social, cultural, político, pastoral, económico, etc.— es un tópico por demás actual y complejo. Cotidianamente vemos y escuchamos  los abusos e incluso las muertes que se comenten en contra de aquellos que dejan su tierra para buscar una mejor situación de vida.

En estos últimos días los medios de comunicación nos han dado cuenta de una buena cantidad de hermanos centroamericanos varados en Tenosique, Tabasco; también hemos conocido el caso de la deportación de una mujer mexicana —Elvira Arellano— que ha luchado por no ser deportada y separada de su pequeño hijo estadounidense.  Particularmente este caso ha venido a llamar la atención sobre la situación injusta que viven los y las migrantes en los países donde se desempeñan como una importante fuerza laboral.

A los legisladores no les importa

Por si fuera poco, a los legisladores del vecino país del norte parece no importarles la suerte de millones de extranjeros indocumentados que mueven, en gran medida, la economía del país, y han entrampado la pretendida y muy sobada reforma migratoria.

La regularización del estatus de esos millones de indocumentados  se antoja  lejana; antes bien, se siguen implementando operativos para detener los flujos migratorios provenientes del  sur: el vergonzoso proyecto del muro fronterizo —nueva cortina de hierro— es su más acabada expresión.

Inmigración en aumento

Sin embargo, con todo y estas trabas que se imponen a nuestros compatriotas, la migración mexicana a Estados Unidos ha tenido un aumento considerable durante las últimas décadas.

En los años sesenta, a decir del Consejo Nacional de Población (CONAPO), salieron entre 260 mil y 290 mil personas; en tanto que en los setenta el saldo fue de entre 1.2 y 1.5 millones; en los ochenta, entre 2.1 y 2.6; y en los noventa, de alrededor de 3 millones.

Para estos primeros años del siglo XXI, a pesar de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 y sus consecuencias, si bien la cantidad de migrantes mexicanos no ha despuntado espectacularmente, la corriente de movilidad no decrece en sustancia.

Cientos de miles

Emigrar a Estados Unidos se ha convertido en la única oportunidad de sobrevivencia para millones de personas, sus familias y comunidades. Por ello, viajar al norte, cruzar la línea, escapar de las autoridades migratorias, encontrar trabajo, mantenerlo, incorporarse a la sociedad estadounidense y preservar la unión con quienes se quedaron en México se lleva a cabo anualmente por cientos de miles de indocumentados en condiciones de alta vulnerabilidad.

Abuso aquí y allá

El abuso contra la dignidad y derechos de las y los migrantes es cotidiano; lo mismo pasa y por causas similares con quienes llegan a México como trabajadores temporales o lo usan de tránsito en su peregrinaje a Estados Unidos.

Reto para el gobierno y la Iglesia

La migración parece no detenerse. Mientras las causas profundas —cualesquiera que ellas sean— sigan intactas, la expulsión de trabajadores continuará. Este fenómeno le representa un reto a la sociedad en su conjunto, al gobierno y a la Iglesia: ¿cómo acompañar a nuestros hermanos en diáspora para salvaguardar su identidad, sus lazos con esta tierra y, sobre todo, su dignidad?

Llamamiento episcopal a defender los derechos de los migrantes

Publicamos un extracto del llamamiento que ha hecho monseñor Rafael Romo Muñoz, arzobispo de Tijuana y responsable de la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Mexicana:

Estimados hermanos y hermanas en la fe:

Nos despierta una inquietante situación que hemos estado viviendo a lo largo de los años, la migración; por un momento nos hemos acostumbrado a ver que nuestra gente partía, iba y venía y teníamos tiempo para celebrar las fiestas del hijo ausente y la fiesta de los paisanos, etc.

Hoy la situación se torna diferente. Nos hemos convertido en un pueblo que ve pasar al extraño al extranjero y que ve sus comunidades solas porque la gente se va y cada vez se van más, y en este irse y transitar por el pueblo mexicano hemos sido testigos de tantas cosas, desde los migrantes que logran llegar a su sueño y triunfar, hasta aquellos que son vejados, maltratados, lastimados e impedidos o mutilados en su búsqueda de una vida mejor. Como bautizados, no podemos callar y ser cómplices de quien abusa contra la dignidad de los hijos e hijas de Dios.

En estos últimos días hemos venido acompañando la suerte de nuestros hermanos centroamericanos varados en Tenosique, Tabasco, el apoyo que la Iglesia como madre ofreció a quien lo pudo dar, y el que no pudo ser apoyado y acompañado fue presa fácil de un sinnúmero de abusos y corrupciones, de violaciones a sus derechos humanos como persona y como Hijo de Dios.

Hoy somos testigos de una deportación a una mujer mexicana que estuvo luchando por buscar una reunificación familiar como indocumentada. Un caso como éste tiene que ser público para despertarnos y recordar la situación injusta que viven los y las migrantes en los países que se desarrollan por su fuerza laboral.

Sin duda en esas mismas condiciones se encuentran tantos hombres y mujeres que, en silencio o escondidos, tienen que vivir en la «oscuridad» del país que se beneficia y crece por la mano de obra barata y la fuerza laboral; cuántas familias como éstas están ahí, esperando por una reforma migratoria, y cuántas tenemos aquí en nuestro país en la misma situación.

No podemos seguir permitiendo tanta violación a los derechos humanos y desintegración familiar a la que hermanos y hermanas nuestras se ven expuestos, porque no son solamente ellos los lastimados sino toda la Iglesia, toda la familia de Dios que se ve violentada, trastocada en lo más sagrado que tiene: la persona misma y la integración familiar.

La apelación es a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que nuestra acción, desde los diferentes servicios que realicemos a la nación, sea evangelizadora y con ella mostremos ser discípulos y misioneros de Cristo.

Seamos portadores de la Vida y de la Esperanza. Como tales, vivamos con los y las migrantes que acogemos y a los que servimos en nuestro amado país.

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