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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 18 de Mayo 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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«Puesto que no es posible evitar que las mujeres sean violadas, se hace necesario que, en cuanto lo hayan sido y queden embarazadas, se apresuren cuanto antes a deshacerse de sus hijos». Pero, ¿de verdad no es posible evitar el delito?

Por el padre Juan Jesús Priego

Se discutía hace poco en estos rincones o contornos del mundo acerca de un tema sumamente ríspido que se prestaba a toda suerte de opiniones y puntos de vista. La cuestión era: «¿Puede una mujer violada hacerse practicar el aborto?». La legislación, por lo pronto, ya dijo que sí, que se puede, que es posible, que es deseable; pero la conciencia, ¡ah, la conciencia es otra cosa!... Y para eso justamente continúan los debates: para que el ruido de los gritos impida escuchar esa vocecita interior que no se calla nunca.

Los periodistas locales se lanzaron a la caza de pareceres. Innumerables personalidades -- también locales, es decir, provincianas -- tanto de la política como del espectáculo fueron invitadas a otros tantos debates para ser obligados a pronunciarse sobre la difícil cuestión. Unos alegaban que sí; otros, que no; los primeros insistían y lanzaban anatemas contra la moral cristiana; los segundos daban manotazos a las tablas lanzando obstinados monosílabos. Pero mientras unos y otros se encolerizaban, algo sumamente grave había sido dejado en el olvido.

La pasión suele ser siempre peligrosa, y lo es más aun cuando en un debate público toma el puesto principal. Uno no debiera discutir más que cuando se halla sereno. Tal es el motivo por el que decidí no escribir sobre el asunto sino hasta que los ánimos se hubieran tranquilizado. Y, como me parece que ya lo están, he aquí lo que pienso del asunto.

Dije hace un momento que, a mi parecer, algo importante había sido omitido en aquellos debates, y es que el problema fue abordado sólo desde el ángulo del aborto, cuando lo que se tenía que haber hecho era abordarlo también desde el ángulo de la agresión. Los que decían que «una mujer violada tiene siempre derecho a abortar» pensaban en casi todo: en la libertad de la mujer, en el derecho que la asistía a disponer de su propio cuerpo, etcétera, pero casi nada decían de la inseguridad de las calles por las que esta misma mujer pasea su libertad y casi todos sus derechos. Se hablaba de los curas, pero casi nunca de los policías. Por decir así, el debate se centró sólo en su vertiente moral, cuando en justicia habría sido necesario afrontarlo también desde el aspecto policial.

Así pues, el primer problema, por lo menos en lo que concernía a este asunto delicado, no debió ser el aborto, sino que aquello que lo precedió, es decir, el abuso. Éste, como quiera que sea, se daba por sentado, lo que equivalía a decir: «Puesto que no es posible evitar que las mujeres sean violadas, se hace necesario que, en cuanto lo hayan sido y queden embarazadas, se apresuren cuanto antes a deshacerse de sus hijos». Pero, ¿por qué no era posible evitar el delito? Por utilizar un ejemplo de Gilbert K. Chesterton, el escritor inglés, los que piensan que abortar es lo que sigue a una violación se parecen a aquellos que, para acabar con los piojos, en vez de cortar el cabello cortan la cabeza.

«¿Por qué el gobierno no aumenta la seguridad pública en vez de ponerse a discutir sobre lo que tendría que hacer en casos de inseguridad?», recuerdo que dije en un debate al que fui invitado en calidad de no sé qué. Y, al punto, alguien me respondió así:
-- Para su conocimiento, padre, las violaciones tienen lugar más en la casa que en la calle, y las cometen más los parientes que los delincuentes.
-- Claro, claro -- respondí. Y entonces saqué de mi carpeta una carta que me atreví a leer en público. Se trataba de la carta que una joven religiosa violada hace quince años por unos militares serbios escribió a su superiora general -- . ¿Me permiten leerles este documento? -- pregunté -- . Bien, escuchen: «Soy Lucy Vetrusc, una de las junioras que ha sido violada por los milicianos serbios. Les escribo poco después de lo que nos ha sucedido a mis hermanas Tatiana, Sendria y a mí. Permítame no entrar en detalles del hecho. Hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden contarse a nadie más que a Dios, a cuya voluntad hace apenas un año me consagré con los tres votos... Mi drama no es tanto la humillación que como mujer padecí, ni la ofensa hecha a mi opción existencial y vocacional, cuanto la dificultad de incorporar a mi fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad permisiva de Aquel al que consideraré mi Esposo divino. Me encuentro ahora en una angustiosa oscuridad interior.... Al principio me pregunté, por una parte, por qué Dios permitió que yo fuese desgarrada, destruida precisamente en aquello que yo consideraba la razón de mi vida y, por otra parte, a qué nueva vocación Él quería llamarme...
«Pero yo ya decidí. Sí, seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas, pero él tiene derecho, aunque yo no lo quería ni lo esperaba, a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí donde el misterioso aunque inicuo sembrador lo hizo crecer... Al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor. Él, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí que la única grandeza que honra a la persona humana es el perdón».

Silencio general.

Aquella carta seguramente había conmovido al auditorio. Por fin habló uno:
-- ¿Entonces la religiosa dejó el convento?
-- Sí.
-- ¿Y no es injusto? -- preguntó otro.
-- ¡Pero ese heroísmo no se le puede pedir a todos, padre! -- exclamó otro más.

Y yo me sonreí por dentro, sin agregar nada. Porque este hombre había dado en el clavo. Sí, la vida cristiana es eso, justamente: un heroísmo del que no todos se sienten capaces y que por eso rechazan con un gesto de desprecio soberano...
«El reino de Dios -- escribió Georges Bernanos (1888-1948) en El crepúsculo de los viejos -- . La civilización apuesta por la parte más baja del hombre. Nosotros apostamos a la otra. Ser heroico o no ser».


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