|

Este sacramento es un gran tesoro, pero uno que a menudo dejamos enterrado, sin aprovecharlo plenamente.
Por Antonio Maza Pereda
Así decía el antiguo catecismo del padre Ripalda. La redacción actual nos dice: Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar.
En el evangelio del domingo de Pentecostés, relatando la primera aparición de Jesús a los once apóstoles, Nuestro Señor, después de desearles la paz, les da a los apóstoles del poder de perdonar los pecados. Hoy nos parece algo común, pero se nos olvida que el perdón de los pecados no es algo común en otras religiones. Los mismos fariseos, cuando Jesús perdonaba los pecados, se escandalizaban diciendo: «¿Quien puede perdonar los pecados, sino Dios?» Aun muchas de las religiones cristianas han dejado de lado el sacramento de la Reconciliación.
Este sacramento es un gran tesoro, pero uno que a menudo dejamos enterrado, sin aprovecharlo plenamente. La iglesia nos pide un mínimo: una vez al año o antes, si hay peligro de muerte. Cabría la pena preguntarnos: ¿Acaso no estamos todos en peligro de muerte? ¿Quién nos puede garantizar que estaremos vivos dentro de 10 minutos?
En muchos lugares, en la misa dominical, se ven largas filas de fieles que se acercan a la comunión. En cambio, tristemente, no se ven esas mismas colas para el sacramento de la Reconciliación. ¿Será acaso que nuestras comunidades son cada vez más santas? ¿Será que la mayoría de los feligreses no necesitan reconciliarse porque no tienen pecados mortales? Espero en Dios que eso sea así. Yo, malvado de mí, me temo que no.
Y es una gran pena. Dejar la confesión para el lecho de muerte, independientemente del riesgo en que nos ponemos, significa desaprovechar los manantiales de gracia que Dios nos da a través de la Reconciliación. No sólo tenemos el perdón de nuestros pecados; obtenemos también las gracias necesarias para no caer en ellos de nuevo o, por lo menos, irnos corrigiendo poco a poco. Esto no es poca cosa. Por supuesto, es importante lograr nuestra salvación eterna. Pero buscar activamente la mejora de nuestra vida espiritual, ofender a Dios cada vez menos, eso es mucho más importante. Es fundamental acercarnos al Padre, como los hijos pródigos que somos, y decirle «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti...» y hacerlo con la total seguridad de que ese Padre amoroso está saliendo a buscarnos, que desea vernos de vuelta, hacer fiesta por nuestro regreso y alegrarse más por un pecador que se arrepiente que por cien justos que no tienen necesidad de perdón.
|