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Escrito por El Observador   
Domingo 11 de Mayo 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?
«La iniciativa no fue mía, sino de Aquél que, por amor, me hizo sentir su irresistible atracción»

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Habla el obispo de Tarahumara, Rafael Sandoval, misionero de la Natividad de María

¿Por qué se hizo usted sacerdote?

No es fácil responder a pregunta tan sencilla. Es como si se me pidiera explicar la vida en su misterio de grandeza y pequeñez. ¡Todo es gracia! La iniciativa no fue mía, sino de Aquél que, por su puro y gratuito amor, me hizo sentir muy dentro su irresistible atracción hacia la vida sacerdotal y misionera. Él me hizo la llamada y me dio la capacidad de responderle. Dios mismo se respondió a Sí mismo en mi vida.

Pero, entonces, ¿qué está en la base de su vocación?

En la base de mi llamada está aquel «Sígueme». Lo único que me explica es Jesús, que me hizo sentir su voz y me invitó a dejar padre y madre, patria y parentela, y me cautivó con su mirada y con su palabra. Por eso la psicología, la filosofía y las otras ciencias no pueden explicar lo inefable de la vocación sacerdotal. Son la fe y el amor los que explican la vocación sacerdotal. Por la audacia de la fe, un día nos lo jugamos todo a una carta y aventuramos la existencia entera. Esta es la hermosa realidad de la vocación sacerdotal.

¿Puede usted decirnos cuándo sintió esa voz por primera vez?

Fue cuando aún era niño. Yo sé que ahora se aprecian poco las llamadas «vocaciones infantiles», pero la verdad es que a la edad de 6 años sentí el primer impulso, cuando un sacerdote me miró y le dijo a mi padre en la iglesia de mi pueblo: «Este niño será sacerdote». Yo sabía, más por intuición que por reflexión, que aquella mirada y aquellas palabras eran las palabras y la mirada del mismo Jesús que pasaba por mi vida y afirmaba en el tiempo lo que Dios ya había planeado amorosamente desde la eternidad.

¿Entonces usted entró muy joven al seminario?

Sí, a los 12 años. Ha sido una historia hermosa. Ahora, a mis 33 años de sacerdocio, puedo decir que nunca me he arrepentido de haberle dicho «sí» a Dios. Soy feliz; tanto que hago mías las palabras del profeta: «Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir por Ti» (Jer 20, 7-9). Ésta ha sido la última motivación de mi vida sacerdotal: un misterio mezclado de fe y amor divino y humano.

¿Algo sobre sus primeros años de sacerdote?

En el seminario se me enseñó la obediencia. No fue difícil escuchar la voz de Dios en mi Superior, cuando me dijo: «En dos horas saldremos hacia la frontera». Aquel aire tormentoso, la aridez del desierto, el nuevo obispo y el presbiterio desconocido, la cultura tan diferente y el clima tan extremoso, nunca me desanimaron.

Yo sentía muy dentro una paz inmensa; era la paz de la obediencia; era la belleza de poder decir: «No vine aquí porque quise, sino porque me enviaron». Era como participar algo de la alegría del Señor, cuando dijo: «He bajado del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha mandado» (Jn. 6, 38). Esta declaración de Jesús sobre Sí mismo, puede ser tomada como lo que le da forma a su existencia. De hecho, Cristo hizo de su vida un «no hacer mi voluntad», al servicio de «hacer la voluntad de mi Padre». Estoy convencido de que aquí radica la eficacia de la misión.

A los dos meses de haber sido ordenado, se me encomendó el ser párroco. Fueron cinco años de felicidad, de crisis, de aprendizaje. ¡Cuántas experiencias y cuántos recuerdos! Todo esto está en el corazón de Dios y sólo Él conoce mi historia: una historia de amor, de progresos y de retardos, de impaciencias mías y de infinita tolerancia divina. ¡Cómo amé aquella gente! Nunca me sentí solo, pues el ministerio llenaba mi corazón. Puedo decir que el sacerdote que ama a su pueblo nunca se siente solo ni puede haber frustración en su vida. ¡Oh, mi primera parroquia! Fue como mi primer amor.

¿Alguna vez tuvo dificultades?

Al principio todo era ilusión. Me fundí con mi gente y le di lo mejor que tenía. Aquella gente respondió. Sin embargo, para ser sincero, vino una etapa de desilusión, que me ayudó a purificar la imagen ideal que yo tenía de la gente. No siempre fui comprendido y no siempre comprendí. Ante las primeras críticas me desinflé. Fui notando que mi carácter alegre se cambiaba en triste, que mi entrega se volvía egoísmo, que… Fueron tiempos difíciles. Fue tan fuerte la crisis que no me quedó otra cosa que aferrarme a la oración. ¡Cuántas noches de oración en la soledad del silencio! La oración, María y el amor a la Iglesia me salvaron. Decidí amar a la gente tal como era y no como yo quería que fuera. Todo esto transformó mi vida.

¿Quiere compartirnos alguna anécdota?

Sucedieron tantas cosas. Voy a contar un suceso, previo a mi cambio de lugar, que para mí tuvo grande importancia: volviendo de una de las comunidades de mi parroquia, mientras manejaba aquel VW, que tenía una bocina con la que avisaba a la gente de las comunidades cuando iba a celebrar, iba en una profunda comunicación con Jesús. Le rogué que ya me cambiaran a otro lugar.  Cuando llegué al templo parroquial vi salir a una viejecita que tenía fama de santidad y que pasaba horas enteras ante el Sagrario. Cuando esta santa mujer me vio cerca de la puerta, me dijo con seguridad y con una sonrisa: «No crea que se va a ir ahora; todavía va a estar aquí durante un año más». No había duda de que Dios le había comunicado aquello. Así fue: duré un año exacto más.

Todas las historias son interesantes. Pero la maravilla central consiste  en que el verdadero Protagonista es Dios.

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