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VIGÍA 
La ignorancia sobre los contenidos de la fe, y el desinterés por conocer lo que se cree de parte de gran número de miembros de las comunidades católicas, tiene muchos peligros.
Por Javier Algara
Últimamente hemos sabido por los medios católicos de información, como El Observador, que muchos de nuestros hermanos protestantes —ministros y simples fieles— han encontrado el «camino de regreso a casa», a la Iglesia católica, gracias a que, con el objeto de profundizar en su propia fe, se han puesto a ampliar las fuentes de conocimiento de la doctrina. Decidieron buscar información en documentos no comúnmente utilizados por las denominaciones cristianas no católicas. El acercamiento a los Padres de la Iglesia, por ejemplo, y un estudio desapasionado y objetivo de lo que realmente cree y enseña la Iglesia católica, ayudó a esas personas a darse cuenta de que ésta es verdaderamente la Iglesia fundada por Cristo, y la que conserva la enseñanza auténtica de los Apóstoles, y finalmente los convenció de convertirse en católicos, a pesar de que, obviamente, tuvieron que salvar infinidad de obstáculos. Esta noticia, claro, es magnífica. Desgraciadamente, trae aparejado, por contraste, un sentimiento de tristeza.
Ese deseo intenso de conocer la fe que llevó a esos hermanos separados a la aceptación de la verdad no es algo que sea común en nuestra propia Iglesia. La ignorancia sobre los contenidos de la fe, y el desinterés por conocer lo que se cree (antinomia existencial de la fides quaerens intellectum —«fe que busca entender»— de san Anselmo) de parte de gran número de miembros de las comunidades católicas, tiene muchos peligros. Uno de ellos es que la línea divisoria entre el culto a los santos y la idolatría se vuelve casi invisible.
¿Cuántos católicos de nuestra nación, por ejemplo, mientras le rezan a santa Marta, a san Juan Diego o a cualquier otro santo, están conscientes de que los santos no son los milagrosos, sino el Señor Jesús, el cual se sirve de ellos, ejemplos heroicos de obediencia al Evangelio, para responder a sus oraciones? ¿Cuántos realmente saben que el único con poderes para hacer milagros es Dios, y también que Él es el único ser merecedor de adoración? ¿Cuántos peregrinos en camino a los grandes santuarios marianos, para pagar una manda o solicitar de la Virgen un favor, están también atentos a la invitación que Ella hace de conversión al Señor su Hijo, y lo ponen a Él en el primer lugar de su atención? ¿Cuántos, al terminar de caminar de rodillas hasta la capilla de algún santo, se quedan allí para hacer un examen a fondo de su vida cristiana, confesarse, participar en Misa y comulgar, y salen de ahí sintiéndose más necesitados de Cristo y de la Iglesia, de conocer más de la Sagrada Escritura, de la liturgia, de darse a los demás?
Lamentablemente muchas de esas acciones que hacemos los católicos —la piedad popular, parte de lo que el Papa llama «tesoro precioso de la Iglesia en Latinoamérica»—, cuando no están respaldadas con la debida formación, se reducen a manifestaciones de simple religión natural, incluso de idolatría. Y el resultado es de esperarse: exactamente lo opuesto de lo que aconteció a los hermanos separados que encontraron el camino de regreso al catolicismo. Nuestra ignorancia nos aparta del regazo de la Iglesia Madre, víctimas fáciles de los predicadores de las sectas, avezados en aprovechar esa debilidad para llevar agua a su molino.
Los obispos reunidos en Aparecida (Documento Conclusivo, n. 287) reconocieron este problema y se plantean sinceramente el dilema: «O educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora». |