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Escrito por Juan Carlos Moreno Romo   
Domingo 11 de Mayo 2008

AL MARGEN...

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Fue así como una serie de televisión y un ilustre divulgador de esa ciencia moderna que se jacta de haber dejado al santo libro en las telarañas del pasado, me llevaron a él y a su visión infinitamente superior del hombre y de las cosas de la Creación...

Por Juan Carlos Moreno Romo

Quisiera volver aquí al recuerdo de una serie de televisión que veía con mucho interés y hasta con cierta devoción cuando era niño, en el canal 5, y que ahora he visto disponible por ahí en discos compactos: Cosmos, de Carl Sagan (1934 – 1996), de la que en seguida debo decir que no es muy muy católica que digamos, como por lo demás no suele ser muy católica la cultura científica moderna en general.

Esa serie de televisión, y de autorizada u «oficial» divulgación científica, estimuló en el estudiante de secundaria que era yo en aquel entonces un inicio de eso que algunos llaman «religiosidad cósmica», la cual consiste en un maravillarse por la inmensidad del Universo —el cielo estrellado de Kant, digamos— y en cierto modo también por los hallazgos que de sus más íntimos secretos han hecho los más grandes y admirados hombres de ciencia —Aristarco, Eratóstenes, Ptolomeo, Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Einstein, Heisemberg…—  a lo largo de la historia de la humanidad.

Todo aquello despertaba en mí un intenso deseo de conocer y de comprender, que, desde luego, se quedaba apenas abierto, insatisfecho (en la casa no teníamos libros, los de la escuela apenas).

Vino luego un día en el que, a la salida del Templo de la Cruz, de entre los escasos libros que estaban a la venta ahí, en una mesita de madera —entre los novenarios, las estampitas, las medallitas y los escapularios—, me atrajo mucho uno que en la portada tenía una foto de nuestro planeta: una como media luna azul con remolinos blancos, destacándose de un fondo obscuro poblado de estrellas.

Se trataba de una versión suelta del Génesis que, con aquella portada y aquel título, me guiñó que él podía ayudarme a hacer algo de provecho con aquel deseo mío de conocer, y de contemplar la obra de Dios.

Me acuerdo que traía el dinero suficiente para comprarlo (¿diez pesos, cien?), y de que, en cierto modo, ese fue mi primer libro de verdad. Lo leí con avidez, con gusto, con asombro y con amor, con gran provecho. Lo sigo leyendo, en las distintas versiones de la Biblia que he tenido luego, y sus enseñanzas forman parte de mí y de mis defensas contra eso que Borges llamaba, tan atinadamente, la «triste mitología de nuestro tiempo» (me refiero al cientificismo, a esa absurda y ridícula idea de que la mera ciencia es capaz de dar cuenta de todo, y es la que más sabe del complejo y maravilloso mundo en que vivimos: — «Tú, que sabes —le diría al científico el filósofo—, ¡qué sabes!»)

Fue así como una serie de televisión y un ilustre divulgador de esa ciencia moderna que se jacta de haber dejado al santo libro en las telarañas del pasado, me llevaron a él y a su visión infinitamente superior del hombre y de las cosas de la Creación, que es obra de Dios y no del puro, ciego e impersonal azar de una primitiva explosión cósmica.

¿La moraleja? Según yo, en lo que acabo de contar ya hay una, pero podemos agregar la siguiente: que es mucho lo que pueden mejorar las cosas cuando apagamos la tele y, en lugar de ella y de sus ruidosas sirenas, abrimos un verdadero libro.

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