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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 04 de Mayo 2008

PÓRTICO

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Los medios de comunicación, particularmente los medios electrónicos, se han convertido en una especie de tribunal en el que todo es enjuiciado, condenado y expulsado o, lo contrario, magnificado hasta el delirio, sin necesidad alguna de cotejarlo con la realidad...

Por Jaime Septién

Los medios de comunicación, particularmente los medios electrónicos, se han convertido en una especie de tribunal en el que todo es enjuiciado, condenado y expulsado o, lo contrario, magnificado hasta el delirio, sin necesidad alguna de cotejarlo con la realidad. No les hace falta. Y los cristianos —tantas veces difamados— tampoco los orillamos a que les haga falta.

Pongamos, por ejemplo, el rumor que acusa a un sacerdote de «abusos deshonestos». Todavía no se sabe nada y ya le colgaron el cartel ofensivo de «cura pederasta». No importa la ofensa y el escarnio: el cura es pederasta, es decir, depredador de niños. Y lo vemos sin rechistar. «Porque lo dijo X en la tele ha de ser cierto».

En los noticiarios, lo que venga de la Iglesia está preñado de dobles sentidos, de simulaciones y simonías; de búsquedas aviesas del poder y de comilonas a la sombra de la pobreza de la gente. Lo que venga de la «izquierda» o del jacobinismo, siempre es algo fresco, innovador, crítico y penetrante.

Como decía el sociólogo francés Michel Agier, respecto a los refugiados víctimas de la globalización (tal es el caso de nuestros compatriotas en Estados Unidos), los medios de comunicación también están hors du momos, es decir, «fuera de la ley», pero no de ésta o de aquella otra ley, sino de la ley en cuanto tal. Los refugiados están por debajo de las leyes: son la escoria del planeta; los medios están por encima de las leyes: son los ganadores de la batalla entre la moral y la ética (retrógradas) y el progresismo que significa solamente atenerse a las olas del momento, que cambian rapidísimo y que vienen desprendidas de «toda atadura» objetiva en la distinción entre bien y mal.

Se supone que los católicos tenemos la verdad de nuestro lado. Pero solamente se supone. En la batalla cultural seguimos dependiendo del material que nos provee día con día la tele, la radio, internet... Y nos tragamos las mentiras, los engaños, la basura que sobre la Iglesia disparan cotidianamente estos modernos forjadores de la inconsciencia colectiva. Somos iguales que tantos. No se nos nota la señal de pertenencia. Porque el celo de nuestra Iglesia no nos devora: apenas si nos mueve un poquito. Lo mínimo como «para no defraudar a la Virgencita». Casi nada. Es más: nada.


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