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Escrito por Sebastián Kindler   
Domingo 04 de Mayo 2008

DIOS Y LOS FILÓSOFOS

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El pensamiento filosófico en general, incluso el nuestro, empezó en Grecia con los primeros pensadores de la filosofía, para los cuales no era tan fácil liberarse del telón religioso-mitológico que les identificaba...

Por Sebastián Kindler

El pensamiento filosófico en general, incluso el nuestro, empezó en Grecia con los primeros pensadores de la filosofía, para los cuales no era tan fácil liberarse del telón religioso-mitológico que les identificaba, porque es casi imposible pensar la realidad en su totalidad fuera del pensamiento común de la propia cultura.

El mito, en un sentido religioso, adopta precisamente este papel: ser una metanarración en la cual un pueblo ha situado significativamente el conjunto de la realidad —el cosmos, la sociedad y el individuo, el pasado, el presente y el futuro—  relacionándola con una realidad última, algo que excede todo, algo que es el origen de «todo esto» que experimentamos a nuestro alrededor.

Según el mito común de los griegos, todos los actos humanos, sus sentimientos y pasiones, eran dirigidos o controlados desde afuera, es decir por «culpa» de sus dioses. Los pre-socráticos, dirigidos por su razón como científicos modernos, se encontraron ante el gran problema de explicar el mundo sin sacar del telón mitológico argumentos necesariamente religiosos, para dar respuestas suficientemente científicas a la cuestión más profunda de la vida humana: ¿qué hay más allá de «todo esto»?

El mito, lamentablemente, no puede ser un conocimiento científico verídico porque no es revelado al hombre por un autor omnisciente; puede llevar a la religión, pero no a la filosofía que es un conocimiento científico.

Era precisamente éste el dilema de los primeros filósofos: detrás de todas las cosas se encontraba una naturaleza, un «primer principio», que como un agente comparable a sus dioses, era responsable de las operaciones de las mismas. Ellos han considerado esta naturaleza como un hecho que en sí mismo no necesitaba ninguna explicación, porque nada podía devenir de lo que no existía, y así el mundo en su existencia fue concebido por los griegos como eterno.  Pretender establecer un inicio y un fin no era posible sin establecer también un ciclo eterno para este movimiento; por tanto, el problema se resolvía con un mundo que siempre existió.

Este punto de vista permanecía atrapado en el materialismo e impedía dar otra solución a la cuestión del principio de «todo esto». Platón fue el primero que rasgó el telón que cerraba la visión del mundo de sus predecesores y mete en escena el concepto del inmaterial y con éste inicia la resolución de la cuestión fundamental de los presocráticos, pues el primer principio sería algo más allá de las cosas, algo inmaterial, indestructible e inteligible, y sólo así podría determinar la naturaleza de las cosas, permaneciendo fuera de éstas y diferente de éstas.  Gracias a este gran paso, Aristóteles designa a Platón como el único sobrio entre los filósofos, porque, logrando escapar del remolino mitológico en el cual nació su pensamiento, inicia uno de los pasos más significativos hacia la comprensión del universo y de su origen.

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