|
AL MARGEN… 
El enemigo es muy astuto, y si a la mayoría de los hombres nos tienta con aquello de que los demás o el otro tienen la culpa, a los hombres que se levantan por encima de esta pueril tentación les tiene reservada otra, no menos peligrosa y aduladora...
Por Juan Carlos Moreno Romo El enemigo es muy astuto, y si a la mayoría de los hombres nos tienta con aquello de que los demás o el otro tienen la culpa (a la esposa, que el marido; al marido, que la esposa; a los hijos, que los padres; a los obreros, que el patrón; a los ciudadanos, que el diputado, etc.), a los hombres que se levantan por encima de esta pueril tentación les tiene reservada otra, no menos peligrosa y aduladora: la de que ellos mismos, la de que el hombre que ha comenzado a esforzarse por ser consciente de su responsabilidad es quien de verdad tiene la culpa. Y esa tentación es tanto más fuerte cuanto, en parte al menos, es verdad. Como nuesto padre Adán, el hombre que empieza a hacer con cierto rigor su examen de conciencia se siente desde luego desnudo, y al darse cuenta muy pronto de que no tiene la constancia que debiera para resistirse al mal, desespera —como desesperó Lutero de las fuerzas de nuestra libertad—, y no se siente digno de aparecerse delante de Dios. «¿Y para qué vas a confesarte, hipócrita, si de todos modos vas a volver a pecar?», susurra el diablo al oído de los escrupulosos, y no son pocos los que caen en esta trampa, un poco como si el que suele enfermarse de la garganta no se la atendiera, porque sabe que se va a volver a enfermar, o como si no nos laváramos el cuerpo, sabedores de que nos volveremos a ensuciar... Es olvidarse, precisamente, de que nuestro Dios es misericordioso, y de que su gracia y su amor vienen siempre en auxilio de nuestra debilidad, y que si ha venido a nosotros, y nos llama, es precisamente porque somos débilies y necesitamos, cuando caemos, quién nos vuelva a levantar. Y es pasarse de orgullosos también, al creer que al menos se es superior a aquellos que se considera hipócritas, y al querer corregir, además, precisamente como Lutero, a la propia Iglesia, como si el paciente cansado de volverse a enfermar de la garganta en cada invierno, o a cada cambio brusco de temperatura, quisiera cerrar todos los consultorios médicos; o como si el sucio «valiente y sincero» desdeñara a los que en cambio perseveran en limpiarse cada vez que se ensucian, para no enfermar… Hay que tener, contra esto, una confianza de niños en nuestra Santa Madre, y mucha humildad. Y hay que tratar, desde luego, y esto con toda entereza, de ensuciarnos menos cada vez. Es muy peligroso crecer, en todos los sentidos, si no crecemos al mismo tiempo en la difícil y hermosa, y harto liberadora virtud de la humildad. |