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ENSAYOS CRISTIANOS 
Es curioso observar hasta qué punto son dogmáticos los que acusan a la Iglesia de dogmática e intransigente. Sumamente curioso. Porque, ¿no es dogmatismo, y de la especie más peligrosa, emitir juicios como los que emite Borges?
Por el padre Juan Jesús Priego Un año antes de morir, en 1985, Jorge Luis Borges (1899-1986), el escritor argentino, fue interrogado acerca del problema de Dios. Su respuesta fue la siguiente: «Yo no me complico la vida con ese problema, porque en primer lugar no creo en Dios, y en segundo lugar, no me cabe duda de que, de haberlo, no tendría ningún interés específico en relacionarse conmigo». Según él, Dios es una invención, un personaje de la literatura fantástica como son, por ejemplo, el minotauro, el cíclope y el ave fénix. Minutos antes, en la misma entrevista, había dicho: «En cuanto a Jesucristo, siempre he sentido una admiración muy grande por él. No me cabe duda de que es el pilar de la historia del mundo y que lo seguirá siendo inclusive más allá del futuro, pero siento que hay algo que le sobra o que le falta, y que no me lo hace todo lo simpático que podría ser. A mi parecer, Sócrates es más simpático, y Buda también» (Cfr. Waldemar Verdugo-Fuentes, En voz de Borges, México, Oasis, 1986, págs. 42 y 36). Con Borges me sucede siempre algo curioso: que nunca puedo llegar hasta al final de sus libros de entrevistas (¡y vaya que son muchos los que andan circulando por ahí!). Me choca ese tono de oráculo que adopta al opinar acerca de los problemas más angustiosos y graves. En ocasiones hace juicios tan sumarios, tan seguros de sí mismos, que provocan –por lo menos en mí- una gran irritación y un deseo vehemente de tirar cuanto antes el libro a la basura. En otro de estos libros de entrevistas, ahora se trata del de María Esther Vázquez, dice lo siguiente Jorge Luis Borges acerca del Greco: «Me han impresionado mucho Rembrandt, Turner, Velásquez, Tiziano; me han impresionado algunos pintores expresionistas. En cambio otros, a los que es ritual admirar, como el Greco, nada. El concepto del cielo que él tenía, lleno de obispos, de arzobispos, de mitras, se parecería al concepto que yo tendría del infierno... La idea de un cielo eclesiástico me parece espantosa, un cielo parecido al Vaticano. Posiblemente te desagrado al decirte esto, ¿no? Pero si el cielo del Greco era eso, estaría deseando ir a otro lugar... El Greco (sin embargo) no creía en esas cosas y se nota esa indiferencia en los cuadros. El estaba seguro de que no había otra vida; entonces, para quedar bien con el comisario, como diría Macedonio Fernández, pintaba todas esas cosas». Cuando llegué a esta página del libro, lo cerré para no abrirlo nunca más. ¿Cómo se atreve alguien a juzgar de esta manera el mundo interior de otra persona? «El Greco estaba seguro de que no había otra vida». ¿Puede alguien que sea honesto juzgar la conciencia ajena con tanta seguridad? ¡De haber escuchado estas palabras, Nikos Kazantzakis lo habría escupido a la cara; él, que al final de su vida escribió su autobiografía como una larga carta dirigida al Greco!: «— Abuelo amado —así lo llamaba cariñosamente Kazantzkis por haber sido ambos cretenses—, dame una orden. «Tú sonreíste y pusiste la mano sobre mi cabeza. No era una mano, sino un fuego multicolor. Y este fuego llegó hasta las raíces de mi espíritu. «— Llega hasta donde puedas, hijo mío. «— Abuelo —grité entonces con voz más recia—, dame una orden más difícil, más cretense. «— ¡Llega entonces hasta donde no puedas! ¡Llega hasta donde no puedas!». Y ahora resulta que esta alma de fuego, según Borges, no creía, sino que trataba únicamente de congraciarse con los gendarmes. Tan pronto como cerré su libro, corrí a la habitación y tomé una obra en la que Maurice Barrés (1862-1923) habla del pintor cretense. La había leído hacía poco y estaba subrayada, de modo que leía en voz alta: «Aunque el Greco pinte seres humanos o divinos, ya sólo se preocupa de representar las almas... Sus personajes no son sino llamaradas... Ved esos cuerpos alargados: son sus más nobles deseos alargándose al cielo... Son seres que se alimentan de lo divino. Vedles elevarse a Dios por quien aspiran mientras respiran». Pero, dice Borges, el Greco no creía en esas cosas. Ahora bien, ¿cómo lo sabe? La Iglesia puede decir quién se ha salvado al declararlo santo, al canonizarlo, pero no puede decir quién se ha condenado; es más, ni siquiera de Judas se ha atrevido a hacer un juicio semejante. ¿Cómo es posible saber si Judas, antes de ahorcarse, no pidió perdón por su traición? Por tal motivo, la Iglesia se reserva el juicio. Una vez, según cuenta Fulton J. Sheen (1895-1979), obispo auxiliar de Nueva York, una atribulada mujer fue a buscarlo al obispado para decirle que su esposo acababa de quitarse la vida y que desesperaba de su salvación. «¿Cómo se mató?», preguntó el obispo. «Lanzándose de tal puente», respondió la mujer. «Pues bien, ese puente es muy alto; por lo tanto, su esposo contó con algunos segundos para arrepentirse de su mala acción. No se desespere usted». ¡Ni siquiera en tales condiciones un obispo de la Iglesia se atrevía juzgar! Pero Borges sí que puede decir leer los pensamientos, escrutar el interior y lanzar el anatema. Es curioso observar hasta qué punto son dogmáticos los que acusan a la Iglesia de dogmática e intransigente. Sumamente curioso. Porque, ¿no es dogmatismo, y de la especie más peligrosa, emitir juicios como los que emite Borges desde una silla y empuñando su bastón como un rey empuñaría su cetro? |