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VIGÍA 
Más de una mamá católica se ha quejado, preocupada, de que sus hijos ya no quieren saber nada de la Iglesia...
Por Javier Algara Más de una mamá católica se ha quejado, preocupada, de que sus hijos ya no quieren saber nada de la Iglesia; de que por más que los invita a ir a Misa la respuesta, en el mejor de los casos, es de total indiferencia, cuando no es que se convierte en una agria polémica familiar. Esas madres, y muchos padres también, que crecieron en familias tradicionales católicas, tratan de motivar a sus hijos para que éstos continúen viviendo la fe de sus padres; lo hacen de la mejor manera que conocen. Y hacen bien. Pero quizás nos falta a muchos padres de familia el respaldo de una vida cristiana que haga ver a nuestros hijos que la fe y algunas de sus manifestaciones, como la liturgia, la oración, etc., valen la pena. Es como el sacerdote que cree que cumple con su deber misionero con tocar las campanas a su hora. La mejor invitación a la fe se da cuando la vida de quien invita es capaz de impactar fuerte y positivamente al invitado. «En eso conocerá el mundo que ustedes son mis discípulos, en que se aman unos a otros», dijo el Maestro, y en los Hechos de los Apóstoles se lee el comentario admirado de los no cristianos: «¡Mirad cómo se aman!». Son dos palabras inspiradas por Dios que nos muestran la mejor manera de motivar a los demás a la fe. El amor que se hacía patente en la forma como los cristianos de las primeras comunidades se trataban entre sí, y el cuidado que mostraban por los demás, aunque no fueran cristianos, era la forma más efectiva de anunciar la fe como algo valioso y digno de ser buscado. En ese amor la comunidad cristiana estaba mostrando al mundo cómo es el amor de Cristo, y a la vez, cómo es el amor de Dios. Claro que la única posibilidad de amar a los demás de esa manera es convirtiéndose en verdadero discípulo de Jesús. Y aquí es donde la preocupación paternal por la fe de los hijos debería desembocar en un examen de conciencia sobre si la propia vida es la de un discípulo genuino o la de una persona cuyo cristianismo se reduce a estar en el templo el domingo, lo más lejos posible del altar, con cara de disgusto, en pants, sin cantar ni orar, atento al celular, y contando los minutos para que la Misa se acabe y la familia pueda irse de paseo o a ver el futbol; la de alguien que en la vida diaria no duda en mentir, difamar, alterar documentos para evitar pagar lo justo, etc. Si los valores del padre están más del lado de los del mundo que de los de Cristo ¿qué se puede esperar de los hijos? De nada vale que los mande a una escuela católica, y que los lleve a fuerzas a cumplir la obligación —más sociocultural y tradicional que religiosa— de estar en Misa dominical. El discipulado empieza por la conversión (cuyo proceso incluye, claro, la liturgia). El problema es que esto de la conversión no ha sido un factor importante en la manera tradicional de enseñarnos a ser cristianos. La relación entre vida y fe no es un punto central en la clase de catecismo de la primera comunión, ni en la de la —muy raquítica— preparación al matrimonio. Los elementos didácticos del catecumenado, base del éxito de la formación cristiana primera, que daban como fruto esos cristianos que admiraban al mundo por la forma radical de amarse, distinta y diferente a la del común de la gente, no están presentes en la clase de catecismo de muchas escuelas y parroquias. La vuelta a esos paradigmas de formación cristiana que encierra el catecumenado debe estar en la mira de todo aquel que quiera convertirse en discípulo de Jesús y ayudar a otros —sobre todo a los propios hijos— a hacer lo mismo. |