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Escrito por Omar Arcega   
Domingo 02 de Septiembre 2007

HISTORIA PRESENTE

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Esta élite gasta el 26% de sus ingresos en artículos de lujo y sólo dedica el 11% a actividades filantrópicas; del otro lado del polo hay tres mil  millones de personas (la mitad del planeta) que subsisten con menos de 2 dólares diarios...

Por Omar Árcega E.

El hecho de que en el seno de nuestra civilización superior
haya hombres que desfallezcan y mueran de inanición
no se debe a la mezquindad de la naturaleza,
sino a la injusticia de los hombres.

Henry Fielding

Recientemente se dio a conocer el Reporte mundial sobre la riqueza 2007. La novedad: el número de las personas que poseen al menos un millón de dólares aumentó un 8.3% con respecto al 2005; ahora hay 9.5 millones de personas en esta categoría. Esta élite gasta el 26% de sus ingresos en artículos de lujo y sólo dedica el 11% a actividades filantrópicas; del otro lado del polo hay tres mil  millones de personas (la mitad del planeta) que subsisten con menos de 2 dólares diarios. Las cifras no pueden ser más contundentes; nos hablan de una acumulación y gasto inmoral,  acumulación deshonesta, pues mientras las masas, con el pretexto de la reducción de costos, recibimos salarios raquíticos, los dueños del capital aumentan sus ganancias. Cierto, ellos arriesgan su dinero, pero esto no les da derecho a otorgar sueldos injustos; por otro lado, hay un gasto inhumano: una cuarta parte de los ingresos los utilizan para artículos de lujo, o sea, cosas que no son vitales para subsistir y sólo una décima parte es usada para ayudar a otros. La brecha entre ricos y pobres se incrementa, esto nos habla de que los poderosos olvidan la responsabilidad para con el prójimo.

A los católicos esto no puede pasarnos desapercibido. Nuestra vocación de cristianos nos exige tener una visión humana y acciones decididas. En otras palabras, estamos llamados a transformar esta situación desde  nuestras particulares trincheras. Empresarios y empleados católicos, la doctrina de la Iglesia expresada en la encíclica Gaudium et spes es muy clara: todos tenemos derecho a un salario justo y se entiende por este término aquella cantidad de dinero que permita «al hombre que él y los suyos vivan dignamente su vida material, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y productividad de cada uno» (GS, 67).

Ser partícipes de la perversa dinámica de la riqueza de los pocos y de la pobreza de los muchos, no sólo es traicionar las enseñanzas católicas; también es fomentar la injusticia y socavar la construcción del Reino de Dios.

Lentamente nos acercamos a las condiciones laborales que se vivían a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Como sabemos, esto costó sangre y revueltas ¿Queremos volver a esos extremos? Urge crear una conciencia mundial de la acumulación injusta, y en esta tarea los católicos debemos colaborar a tiempo y destiempo.


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