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PÓRTICO  Nada me impresiona más —durante la ceremonia de ordenación sacerdotal— que ver postrado en el suelo, con la frente humillada hasta tocar la piedra del templo y los brazos abiertos en forma de cruz, al hombre que quiere dedicar su vida entera al servicio de Dios...
Por Jaime Septién Nada me impresiona más —durante la ceremonia de ordenación sacerdotal— que ver postrado en el suelo, con la frente humillada hasta tocar la piedra del templo y los brazos abiertos en forma de cruz, al hombre que quiere dedicar su vida entera al servicio de Dios. Es el acto de la suprema entrega y, al mismo tiempo, de la más hermosa libertad. Por amor, simplemente por amor, el sacerdote abandona todo y se pone en entera disponibilidad para llevar a cabo el ministerio (y el misterio) que la Iglesia le confía. Se suele decir —como «verdad de Pero Grullo»—que «también» los sacerdotes «son seres humanos». ¿Y que iban a ser, si no? Son de carne y hueso, pero animados por el Espíritu Santo y empujados por su soplo divino a la tarea más grande que se haya visto en la historia de nuestra era: ser otro-Cristo; dejarse la vida —si es preciso (y casi siempre lo es)— para salvar almas. Lo que es lo mismo: morir para que otros tengan vida, y la tengan a manos llenas. Desde luego, el mundo (y menos la prensa) se «tragan» esa historia pía de que el sacerdocio sea un don inmenso, un bien inestimable para la sociedad. Ellos, a lo suyo: romper, criticar, descuajar, rasurar, lesionar y, lo más sencillo, difamar al sacerdocio en general y al sacerdote (al que antes exculpaban diciendo que era un «ser humano») en particular, si existe —como noticia de primera plana— la más leve acusación, sospecha, pesquisa, denuncia, rumor o borrego de que «alguien» dijo que un cura parece ser que se ha sobrepasado... Es cierto —y lo ha dicho de forma maravillosa Su Santidad Benedicto XVI en el reciente viaje a Estados Unidos— que hay sacerdotes que ni siquiera ellos mismos entienden la vergüenza que provocan a la Iglesia con actitudes ajenas a la profundidad de su ministerio. Y han de ser duramente castigados por el doble crimen que cometen —si ultrajaron a un menor— contra la ley de los hombres y contra la ley de Dios. Pero hay que probar que cometieron esos abusos. No por un «quítame estas pajas», ya es un «cura pederasta». Se trata de acusaciones demasiados serias, que comprometen el ministerio, el bien común y el imperio de la verdad. Decía el Siervo de Dios Juan Pablo II en Don y Misterio, recordando su propia ordenación el 1 de noviembre de 1946, que el sacerdote quiere ser «Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño». Por eso se postra en el suelo, en el duro suelo esperanzador del templo. Porque «Roca es también el suelo de un templo gigantesco. / Y el pasto es la cruz». |