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FLOR DE HARINA 
Basta un minúsculo signo de reconocimiento para hacer brillar el polvo de la cotidianidad. No es un precio alto el de la admiración.
Padre Justo López Melús Se celebraba, cuenta Pronzato, una tanda de Ejercicios. Acudió mucha más gente de la esperada y a duras penas se les pudo acomodar. El día de salida se repartieron unos bombones. Una ejercitante cogió el micrófono para dar las gracias, en nombre de todas, al predicador, y sobre todo a aquella querida Hermana, por el delicado e inesperado obsequio de los bombones. Aplausos. Pero ni una palabra para las oscuras trabajadoras de la cocina, literalmente extenuadas. + Nos admiramos ante el regalo inesperado e insólito. Pero, ¿quién se admira ya por el hecho de que alguien, cada día, nos procure puntualmente las cosas indispensables para la vida? Nos sorprendemos ante el descuido más pequeño. No admiramos los servicios normales diarios. Una vez al año, observaba Chesterton, agradecemos a los Reyes Magos los regalos que encontramos en los zapatos puestos en el balcón. Pero olvidamos dar las gracias a Aquél que todas las mañanas nos da dos pies para meterlos en los zapatos. + Hay que recuperar el gusto y el sentido de la admiración ante la normalidad. Fijarse en las personas que realizan los trabajos menos brillantes, en su regularidad y puntualidad. Y no guardar dentro el agradecimiento. Hay que manifestarlo. Ser delicados. Expresar nuestra gratitud. + No sea que nos fijemos en un bombón y olvidemos los pesados trabajos de cada día. «Basta un minúsculo signo de reconocimiento para hacer brillar el polvo de la cotidianidad. No es un precio alto el de la admiración. Págalo, pues. El descuido, en cambio, tiene el poder de oscurecer hasta el esplendor de una aurora». |