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Escrito por Juan Carlos Moreno Romo   
Domingo 27 de Abril 2008

AL MARGEN…

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Rémi Bargue es uno de los pensadores más sólidos, más profundos, y más oportunos de nuestro tiempo. Es una verdadera lástima, e incluso una injusticia el que no sea conocido y estudiado entre nosotros, y esto habría que irlo remediando.

Por Juan Carlos Moreno Romo 

Rémi Bargue es uno de los pensadores más sólidos, más profundos, y más oportunos de nuestro tiempo. Es una verdadera lástima, e incluso una injusticia el que no sea conocido y estudiado entre nosotros, y esto habría que irlo remediando.

El lector de lengua española puede, por lo pronto, conocer al autor de libros tan altamente eruditos y aleccionadores como Del tiempo en Platón y Aristóteles, La sabiduría del mundo o La ley de Dios, a través de la lectura de Europa, la vía romana (Gredos, Madrid, 1995) que es, entre otras cosas, una de las respuestas más precisas a la pregunta por el presente y el pasado de nuestra civilización, y una de las mejores preparaciones para afrontar, por ende, el futuro incierto —pero lleno de esperanza—  de la misma.

Invitado en estos día pasados a la Catedral de Notre Dâme de París para dar ahí una de las conferencias de Cuaresma, cuyo tema este año era la pregunta de Nuestro Señor — «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt. 16, 15)—, el profesor de la Sorbona llama nuestra atención a propósito de cómo Jesús felicita a Pedro al escuchar su profesión de fe — «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt., 16, 16)—, destacando que su respuesta no es propiamente «suya», sino de nuestro Padre que está en los cielos.

Esto contrasta, nos hace notar el filósofo, con ese prejuicio en boga y tan insistentemente repetido según el cual nuestras opiniones valen, ante todo, porque son auténtica o sincera (o presuntuosamente) «nuestras».
Y es que, si nos detenemos a pensarlo, ¿qué valor podría tener una idea de Cristo, y una idea de Dios que fuesen meramente nuestras?

Es preciso, nos enseña el filósofo, interrogar debidamente al texto evangélico, leerlo con todo cuidado y rigor: ¿Por qué les pregunta Jesús a sus apóstoles, y por qué nos sigue preguntando a todos nosotros quién decimos que sea Él? ¿Acaso Él mismo no lo sabe? ¿Por qué no nos lo dice Él mismo con toda claridad? O incluso: ¿por qué no se revela de una buena vez en toda su gloria, como muchos querríamos que lo hiciera, en nuestra vanidosa impaciencia?

A la inversa de lo que ocurrió en la profesión de fe de Pedro, y de lo que sigue ocurriendo en cada profesión de fe verdadera, en este caso tenemos que darnos cuenta —nos explica Rémi Brague— de que el problema no está en Dios, sino en nosotros.

Pretender que Jesús nos diga o les diga a sus apóstoles, como en el gnosticismo por ejemplo, algo así como «está bien, está bien, se los diré con toda claridad: Yo soy Dios», es cometer, nos explica el filósofo, una ingenuidad suprema: creemos, de esa forma, que nosotros sabemos qué es ser Dios, y no nos damos cuenta de que no es así, y de que al apelar en ese caso a semejante afirmación, a nuestra propia idea o representación, humana puramente humana, de lo que es o de lo que debería ser un dios, irremediablemente caeríamos en una proyección o idolatría, como si Jesús nos dijera «yo soy Supermán», o «yo soy Hércules», o «yo soy Zeus», o «yo soy el Ché Guevara».

Eso mismo que nosotros no sabemos, y que de ninguna otra forma podríamos saberlo —qué es «ser Dios», y sobre todo qué es «ser el Hijo de Dios»—, es justamente lo que Jesús de Nazaret nos revela en su persona misma, y en su actuar, en su manera de amar.

Al Padre nadie lo ha visto, y quien ve a Jesús con los ojos de la fe, y movido por el Espíritu Santo, ve en efecto al Padre a través de Él: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —leemos en el Evangelio según San Juan, capítulo 14, versículos 6 y 7—. Nadie va al Padre sino por Mí. Si me conocéis a Mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».


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