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FAMILIA 
«Sea tu fuente bendita, gózate en la mujer que escogiste en juventud… tenga ella su conversación contigo, embriáguente en todo tiempo sus amores, su amor te apasione para siempre» (Proverbios 5, 18-19).
Por Yusi Cervantes Leyzaola
Existe un vínculo profundo, íntimo, de un poder inconmensurable, entre el esposo y la esposa. No lo pueden romper las adversidades, las ofensas, las infidelidades, las separaciones... ni siquiera nuevos vínculos.
Muchas parejas, en algún momento de sus vidas, sufren momentos de gran desesperanza. Se han alejado uno del otro; se han lastimado hasta romperse el corazón. Su vida cotidiana es amarga, llena de reproches, de malos entendidos, de interpretaciones negativas. Viven desolados, lejos del gozo de la fuente del amor. Creen honestamente que lo suyo ya no tiene remedio. Peor aún, no quieren siquiera que lo tenga. Siguen juntos tal vez por miedo, por los hijos, por preservar la imagen de la familia o tal vez porque conservan un hilo de amor.
Pero la fuerza del vínculo es poderosa. El amor que parecía desaparecido, de pronto, o poco a poco, despierta de nuevo. Ahí estaba, estuvo siempre.
Los medios por los que se recupera el amor pueden ser, por ejemplo, un retiro matrimonial, una acertada orientación matrimonial, un proceso de psicoterapia, un consejo preciso humildemente escuchado o, sencillamente, la decisión de cambiar. Hay también situaciones nada deseables y que evidentemente no se deben buscar por el gran daño que hacen, a consecuencia de las cuales, sin embargo, las personas pueden hacer conciencia y desde ese abismo emprender el camino hacia la reconciliación: una pérdida grave, problemas fuertes, el profundo dolor de una infidelidad... Estos procesos deben pasar por una comunicación valiente, honesta y respetuosa. En todos los casos se trata de un camino que pasa por el perdón, se pida o no con palabras. Y en todos ellos es evidente la mano de Dios, quien derrama con abundancia su gracia. La recuperación, por supuesto, no es instantánea. Una vez dado el primer paso los esposos tienen que aprender a comunicarse, a confiar, a soltar el pasado, el resentimiento y el miedo; tienen que sanar sus heridas con el bálsamo precioso de la ternura. Tienen que ser conscientes de los errores que cometieron para no cometerlos más, pero sin volvérselos a reprochar.
El amor, dice san Pablo, no toma en cuenta el mal, todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera. Pero, claro, es necesario tomar la decisión de abrir las puertas al amor. Cuando los esposos que se han alejado uno del otro abren de nuevo estas puertas, pese al miedo, por encima del orgullo y el resentimiento, vuelven a la «fuente bendita», al gozo de encontrarse el uno en el otro. |