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Escrito por Justo López Melús
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Domingo 20 de Abril 2008 |
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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Y al final de cada una de sus obras, repite gozoso el autor sagrado: «Y vio Dios que era hermoso».
Por el padre Justo López Melús
Evdokimov ha escrito un libro sobre la teología de la belleza. Urs von Baltasar ha publicado una obra sobre los aspectos estéticos de la revelación. Sacando al mundo de la nada, el Creador, como artista divino, compone la propia sinfonía en seis días, el Examerón. Y al final de cada una de sus obras, repite gozoso el autor sagrado: «Y vio Dios que era hermoso».
Nuestro mundo occidental, constata Pronzato, dominado por la técnica y por los valores prácticos y utilitaristas, parece avergonzarse de la belleza. Es un grave error. La belleza es el resplandor eterno del amor trinitario. La belleza es un atributo, un nombre divino. «La belleza salvará al mundo», afirma Dostoyewski. La primera belleza es la del paraíso, la de la creación. El pecado «ha interrumpido la circulación de la gloria» (Clément), ha manchado la imagen de Dios. Pero con la Encarnación reaparece la belleza de Dios sobre la tierra. «Después de la encarnación del Verbo, todo está dominado por el rostro, el rostro humano de Dios. Habiendo devuelto a la imagen manchada su dignidad antigua, el Verbo la une a la belleza divina» (Liturgia ortodoxa).
«Lo bello es esplendor de lo verdadero» (Platón). La belleza nos lleva a Dios. «Oh, Hermosura, que excedéis / a todas las hermosuras» (Santa Teresa). Quien se opone a la belleza, «ya no está en disposición de rezar, y al poco tiempo ni siquiera será capaz de amar. Lo bello no es solamente lo que agrada. Además de ser un festín para los ojos, alimenta e ilumina el espíritu». El cristiano es un filocalós, amante de lo bello. |