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¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? 
"El ambiente de alegría y piedad que vivían los religiosos pronto me conquistó" Entrevista al padre Miguel Rivilla, salesiano español
Por María Velázquez Dorantes
El padre Miguel Rivilla nació en Madrid en marzo de1931. Su constante labor de escritor popular le ha llevado, como hombre reflexivo y sacerdote celoso, a embarcarse en la publicación de numerosas obras.
¿Por qué se hizo sacerdote? Desde muy pequeño tuve la suerte o más bien providencia, de tomar contacto como alumno en un colegio religioso de padres salesianos, en una barriada de Madrid -Ronda de Atocha- al poco de acabar la guerra civil española. El ambiente de alegría, familiaridad y piedad que en el colegio vivían los religiosos y los alumnos, pronto me conquistó de lleno, hasta el punto de hacer del colegio mi segunda casa. Siendo un adolescente bastante extravertido y de natural inquieto, los superiores me escogieron para las actividades deportivas, pequeño clero y representaciones de teatro.
El clima religioso de sacramentos, de devoción a María Auxiliadora y participación activa en las funciones religiosas, fueron moldeando mi personalidad adolescente, y sentí la inclinación y el deseo (¡vocación! ) de ser un día, de mayor, como mis educadores salesianos, para tratar a los jóvenes con alegría y hacerles el bien.
A mis 13 años, el paso del colegio al seminario que la misma Congregación tenía en Santander, resultó la cosa más natural y así, con una veintena de compañeros, inicié mi vida de seminarista salesiano. El aspirantado, noviciado, profesión y estudios de filosofía, teología y magisterio oficial fueron otras inolvidables etapas en los años de mi juventud, en las que fui perfilando y madurando mi vocación, hasta acceder en el Seminario mayor de Carabanchel Alto (Madrid), en junio de 1957, a mi ordenación como presbítero.
¿Cómo describiría su vida sacerdotal? Los diversos destinos y cargos que los superiores me fueron asignando, siempre en contacto con chicos en colegios, fueron afianzando más y más mi vocación salesiana, de clérigo, de profesor, de catequista, de director espiritual y vicario parroquial. Lo que para siempre marcó estos años de mi vida fue el contacto directo, tanto con jóvenes externos e internos, como con toda clase de personas en la pastoral parroquial y en mi ministerio sacerdotal.
La idea motor de mi sacerdocio, copiada de san Juan Bosco, fue el celo por la santificación y salvación de las almas. Hice mío, con todo el fervor de mis años de joven sacerdote, el lema del santo fundador: «Dadme almas y llevaos lo demás». La predicación, el dictar ejercicios espirituales, el confesar, junto con la atención a grupos parroquiales de toda clase de personas, marcaron definitivamente mi vida Toda mi acción pastoral de sacerdote salesiano giró siempre sobre el recuerdo-testamento de Don Bosco (amor al Papa, amor a la Eucaristía y devoción a la Santísima Virgen).
¿Qué es lo que más le agrada de ser sacerdote? Sin duda es y ha sido, a lo largo de los años, el sentirme plenamente feliz y realizado en mi ministerio sacerdotal. Me siento «alter Christus» y, aunque indigno, el ejercer en su nombre el ministerio de la predicación y de los sacramentos dio sentido pleno a mi vida. Quedo anonadado e inmensamente agradecido al buen Dios por la elección y predilección que ha tenido con mi pobre persona. Por gracia suya, no me he acostumbrado, en mi ya larga vida, a celebrar la Eucaristía y demás sacramentos —máxime el del Perdón— de un modo rutinario o como si fuera un funcionario. Sólo por este aspecto de mi ministerio, merecería la pena haber entregado mi vida a Cristo, y seguir colaborando con Él en la santificación de los hombres, la extensión de su Reino en la Tierra.
No me siento ajeno a ninguna de las realidades que vive la gente con la que trato. Sus gozos, esperanzas y penas las hago mías y procuro compartirlas con ellos, a quienes amo como hermanos míos en la fe. He sentido, a veces, la atracción del otro sexo, de las mujeres y la tentación de vivir otras experiencias como la vida de familia, pero con la ayuda de Dios, la oración, el ejemplo y caridad de otros hermanos sacerdotes, he podido superar todo, sin creerme por eso ni superior ni mejor que los que siguieron otros caminos de casados, perseverando desde niño hasta ahora, que ya estoy jubilado.
¿En qué se inspira para escribir? He recibido como un don de Dios la gracia que le pedí el día de mi ordenación. A ejemplo de don Bosco, pedí al Señor la eficacia de mi palabra. No sólo en la predicación sino también en lo que escribiera. Desde hace muchos años he practicado este apostolado en el campo de los medios, como publicista católico, y ahí están por ahora mis cerca de 60 folletos y mis 6 libros, aparte de infinidad de colaboraciones sueltas en todos los medios. Siendo joven sacerdote leí una frase que me impactó y que hice mía. Creo era de un pastor y teólogo protestante, Karl Bart. Decía que todo cristiano debía tener a diario en su mano derecha la Palabra de Dios, y en la izquierda el periódico con el acontecer de la vida de sus hermanos. Ala luz de la primera, tratar de analizar, comprender y orientar los problemas, afanes y preocupaciones cotidianos de los hombres. Esta actitud es la mía y al mismo tiempo mi principal inspiración. Procuro estar bien informado de todos los eventos humanos y buscar luego en la Palabra de Dios la respuesta adecuada a este acontecer. En esta etapa de mi jubilación encuentro en esta ocupación una fuente inagotable para comunicarme y ayudar en el apostolado en pro de la gente. Me siento muy gratificado y pagado en esta tarea. |