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Escrito por Carlos Díaz   
Domingo 20 de Abril 2008

CULTURA

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El sonorense poeta filósofo Gilberto Zúñiga, en sus Fragmentos del Pacífico (Conaculta, México, 2006), ha escrito un hermoso y breve poemario en torno a la muerte de su padre, una especie de elegía como antes lo hiciera Jorge Manrique, pues los poetas recorren también el camino subconsciente que va del poeta al poeta. Baste con referir algunos momentos de esa vía que es viático, de ese camino (iter) que es reiteración. Y que, sobre todo, da que pensar.

Por Carlos Díaz

En el hospital
Regresa en ambulancia
Un viejo moribundo
Mientras viste la belleza.

Mi padre se hunde
En su cuerpo
El mar donde vienen a morir los barcos
El doctor explora
El barco se queda atrás.
        
Voy por la calle comprando sangre
Esperando que otro aliento nos socorra
Angustia este revólver de meses
Los gritos enfermos
El pájaro desgarrado
En la ventana.

Ese sol que tomabas en la azotea
Va cayendo
En la enfermedad
De tu propia luz
Nos dejas las sábanas manchadas.

No vayas, padre, a dejar tu respiración exuberante
Por aquella pálida cuesta del silencio.

Padre, no tiene huesos la muerte para matarte.
Debe haber algún rincón del cuarto
Donde podamos esconderte.

El doctor nos da una mano
Sangre y agua.

Desde entonces me callé tranquilo
Yo empujando tu silla de ruedas
Y Dios en ti.

Voces en el hueco de los huesos.
Quedo
Como muchas otras veces
En las manos de la luna
Y de los muertos.

Pero yo digo: regresa
A beber agua
A la risa que abre las puertas
A la paz que nos dabas
Pleno y noble
Dame otra lección de salud
Otra alquimia
De tus manos otra vez
Tu fortaleza.
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