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Escrito por Jaime Septién
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Domingo 13 de Abril 2008 |
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PÓRTICO 
El más acabado logro del diablo es hacernos creer que no existe. Este número de El Observador es el triple 6. Lejos de pasar de puntillas sobre el así llamado «número de la perfecta imperfección», hemos querido hacer una reflexión seria y madura del diablo hoy.
Por Jaime Septién
El más acabado logro del diablo es hacernos creer que no existe. Este número de El Observador es el triple 6. Lejos de pasar de puntillas sobre el así llamado «número de la perfecta imperfección», hemos querido hacer una reflexión seria y madura del diablo hoy, de sus implicaciones, sus patrañas y, sobre todo, las formas que la Iglesia ha tenido y tendrá para que el mal no prevalezca sobre ella y el bien lo derrote.
Más que un número «especial» sobre el diablo, se trata de una propuesta periodística encaminada a abordar lo que casi nadie aborda, a no ser en el tono jocoso de la ironía y el desdén por lo que —dicen— son creencias propias de la Edad Media. Escuche usted a cualquier sacerdote que se haya tenido que enfrentar con el demonio —en un proceso de exorcismo— y verá si son cosas de la abuela. Son cosas de hoy, que se nos meten en la vida de hoy, siempre bajo la bandera de que son irrelevantes, de que ya se ha rebasado la idea del demonio, del infierno, de la culpa y de la condena.
En las Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis hace un gran análisis sobre el mundo actual, el del relativismo, el del todo vale, el de cada verdad es igual a la otra y cada uno tiene su verdad que es su opinión que, a su vez, es su sentimiento, y su sentimiento tiene valor de verdad. Aconsejando el diablo a su sobrino para ganar un alma al infierno le dice que lo más peligroso para el éxito (del diablo) es que una persona o una sociedad se hagan planteamientos morales a fondo; planteamientos en los que se eliminen las coartadas, las salidas «airosas», las justificaciones, el famoso —y muy mexicano— «¿qué tanto es tantito?».
«Una castidad o una honradez o una piedad que cede ante el peligro —escribe Lewis en el citado texto— será casta u honrada o piadosa sólo con condiciones. Pilatos fue piadoso hasta que resultó arriesgado». En otras palabras: el diablo es el que está presente cuando justificamos el ser medio honrados, medio castos, medio piadosos. Esas sutilezas que, aparentemente, nos entrega la sociedad y de las que hacemos un monumento. En detrimento de la Verdad; en contra de Jesús, cuya Verdad no acepta medias tintas. «Lo que hay que evitar es la entrega absoluta», le dice el diablo a su sobrino. Y es lo que nos machacan a diario en la tele. |