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Los Padres de la Iglesia hablan sobre nuestro adversario Imprimir
Escrito por El Observador   
Domingo 13 de Abril 2008

ESPECIAL

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Los Padres de la Iglesia hablan sobre nuestro adversario y sus artimañas

«Siempre está ojo avizor contra nosotros el enemigo antiguo; no nos durmamos. Sugiere halagos, pone celadas, introduce malos pensamientos y, para llevarnos a dolorosa ruina, pone delante lucros y amenaza con perjuicios. Todos ahora y cada uno es probado, cada cual a su modo» (San Agustín, Sermón 6).

«El diablo tiene un cierto poder; sin embargo, las más de las veces quiere hacer daño y no puede porque este poder está bajo otro poder..., ya que Quien da facultad al tentador, da también su misericordia al que es tentado. Ha limitado al diablo los permisos de tentar» (San Agustín, Sobre el Sermon de la Montaña, 2).

«Dios no permite que el demonio tiente a los fieles, sino en lo preciso para su adelantamiento espiritual» (San Agustín, Salm. 63, sent. 98, Tric. T. 7, p. 403).

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«El lobo roba y dispersa las ovejas, porque a unos los arrastra a la impureza, a otros inflama con la avaricia, a otros los hincha con la soberbia, a otros los separa por medio de la ira, a éste le estimula con la envidia, al otro le incita con el engaño. De la misma manera que el lobo dispersa las ovejas de un rebaño y las mata, así también hace el diablo con las almas de los fieles por medio de las tentaciones»  (San Gregorio Magno, Hom. 14 sobre los Evang.).

Debemos procurar pensar con santo temor cuan furioso y terrible se presentará el demonio en el día de nuestra muerte, buscando en nosotros sus obras; cuando vemos que se presentó a Dios al morir en su carne, y buscó alguna de sus obras en Aquel en quien nada pudo encontrar (San Gregorio Magno, Hom. 39 sobre los Evang.).

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«El diablo no permite a aquellos que no velan, que vean el mal hasta que lo han consumado» (San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol. III, p. 345).

«El demonio se esfuerza contra nosotros con mayor rabia cuando ve que procuramos arreglar nuestra vida; y cuando advierte que hemos trabajado en llenar el navío de nuestro corazón con más preciosos tesoros de gracias hace todo cuanto puede para canusarnos un naufragio mortal( (San Juan Crisóstomo, sent. 1, Homil. 1, ad popul. Antioch., Tric. T. 6, p. 300).

«Donde se da limosna no se atreve a penetrar el diablo» (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre la l.a Epistola a los Colosenses, 35).

«Si el demonio no se atreve a entrar en ninguna casa en donde está el Evangelio, mucho menos se atreverá a entrar o introducir el pecado en un alma que continuamente se emplea en leerle» (San Juan Crisóstomo,  Horni. 32, in c. 3, S. Joann., sent. 79, Tric. T. 6, p. 313).

«¡Qué astuto es el diablo! Como sabe que en la oración alcanzamos de Dios grandes gracias, se esfuerza cuanto puede para apartar las almas imprudentes de un ejercicio tan útil» (San Juan Crisóstomo., Sen-n. de Canan., n. 10, sent. 247, Tric. T. 6, p. 350).

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«Siendo un ángel apóstata, no alcanza su poder más que a seducir y apartar el espíritu humano para que viole los preceptos de Dios, oscureciendo poco a poco el corazón de aquellos que tratarían de servirle, con el propósito de que olviden al verdadero Dios, sirviéndole a él como si fuera Dios. Esto es lo que descubre su obra desde el principio (San Ireneo, Trat. contra las herejías, 5).

«Cuando el demonio se aparta de alguno, acecha el instante oportuno, y cuando le ha inducido a un segundo pecado, acecha la ocasión para el tercero» (Orígenes, en Catena Aurea, vol. III, p. 346).

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«El diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en Él. Puede, sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Pastor de Hermas, Epílogo sobre los Mandamientos, 2).

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«(Mas libranos del mal). Nada queda ya que deba pedirse al Señor cuando hemos pedido su protección contra todo lo malo; la cual, una vez obtenido, ya podemos considerarnos seguros contra todas las cosas que el demonio y el mundo pueden hacer. ¿Qué miedo puede darnos el siglo, si en él tenemos a Dios por defensor?» (San Cipriano, en Catena Aurea, vol. II, pp. 371-372).

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«El demonio no se introduce tan fácilmente con la tentación de la gloria humana en los espíritus perezosos y tibios, o en los rudos y pesados, como en los que son más fervorosos y más ricos de méritos y buenas obras: muchas veces derriba con la elevación del orgullo a los que no ha podido mover en otros puntos con los esfuerzos más violentos; pues juzga que cuanto más se han elevado en santidad, más proporcionados los tendrá para caer en sus emboscadas» (San Ambrosio, Epist. 84,- sent. 168, Tric. T. 4, p. 348).

«Le dio el Señor libertad para tentar; pero no le concedió facultad para derribar, si el afecto, por no invocar el auxilio, no se resbala con facilidad» (San Ambrosio, lib. de Parad., c. 2, sent. 2, adic. Tric. T. 4, p. 393).

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«Los espíritus inmundos no pueden conocer la naturaleza de nuestros pensamientos. Únicamente les es dado columbrarlos merced a indicios sensibles o bien examinando nuestras disposiciones, nuestras palabras o las cosas hacia las cuales advierten una propensión por nuestra parte. En cambio, lo que no hemos exteriorizado y permanece oculto en nuestras almas les es totalmente inaccesible. Inclusive los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reacción que causan en nosotros, todo esto no lo conocen por la misma esencia del alma, antes bien, por los movimientos y manifestaciones del hombre exterior (San Casiano, Colaciones, 7).

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«Todo nuestro trabajo y toda la perfección de nuestra vida consiste en la vigilancia de nuestro corazón y en el desasimiento de nuestra propia voluntad, por ser incapaces de ver sus tinieblas y de descubrir las emboscadas que nuestro enemigo tiene ocultas, si nuestro espíritu no se desprende del cuidado de las cosas exteriores, y no entra con aplicación con el examen de sí mismo» (San Paulino,  Ep. 24, ad Sever., sent. 3, Tric. T. 5, p. 330).

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«El diablo sólo persigue a los buenos y no a los malos, porque éstos son sus amigos y hacen siempre su voluntad. (S. Cesáreo de Arnés, Serm. 10, sent. 2, Tric. T. 9, p. 44.)»
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