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Las armas públicas del ángel caído |
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Escrito por Omar Árcega E.
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Domingo 13 de Abril 2008 |
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Relativismo y humanismo tergiversado son las grandes armas que el siglo XX «regaló» al Maligno. Ante esto debemos levantar la voz
Por Omar Árcega E.
El Maligno jamás descansa, está continuamente al acecho del hombre, pretende alejarlo de la Gracia y del amor divino. Esto no debe sorprendernos. Desde el inicio de los tiempos su tarea ha sido extraviar a las almas de los caminos celestiales. El problema de estos tiempos es que algunas de las cosmovisiones imperantes nos desdibujan su presencia. Con ello nuestro sentido de alerta se adormece y somos fáciles presas.
Las formas de pensar y valorar, dominantes en nuestra sociedad, se convierten en sutiles armas para alejarnos del Dios bueno y misericordioso e impulsarnos a actuar en y desde el pecado.
El relativismo
Una de los graves peligros de las ideologías contemporáneas es las altas dosis de relativismo que contienen; esto genera diversas consecuencias:
1. Desde estas visiones, bien y mal son lo que cada uno quiera creer que es. Entonces no existen principios rectores que nos permitan distinguir lo bueno de lo perverso; si «siento buena vibra» al realizar una acción, ésta es positiva, ;i mi sensación es contraria, entonces es negativa. Pero, finalmente, todo depende de mi sentir. El peligro de esto es obvio: puedo sentir gusto al herir, vejar o matar a alguien y nadie me puede imputar una falta moral. La figura personal del mal se borra, se transforma en una idea que late en lo recóndito de cada cerebro; nos convertimos en esclavos de nuestros «sentires» e impulsos y con ello desdeñamos dos grandes dones otorgados por Dios: la libertad y la capacidad de razonar.
2. Ligado a lo anterior está lo que Juan Pablo II llamaba «pérdida del sentido del pecado». Al considerar la esfera religiosa y espiritual como supercherías o al reducirlas a mecanismos y procesos psicológicos, la noción de lo moralmente correcto e incorrecto se difumina. Podemos realzar actos que contradicen las enseñanzas de la Iglesia sin sentir remordimiento, por lo cual los realizamos una y otra vez e incluso invitamos a otros a seguirnos. Perdemos el temor de caer en las garras del Maligno, no apreciamos el daño que nos hacemos al fracturar nuestra relación con Dios nuestro padre.
El humanismo tergiversado
Si algo fragmenta nuestros vínculos con Dios es una mal entendida exaltación del hombre. En el relato del Génesis esto se percibe con claridad (cfr. Gn 3, 1-4): el Diablo convence argumentando que la fruta prohibida hará al ser humano «ser como dioses»; lo grave es que siembra en el hombre la duda con respecto al Amor Divino; la confianza de la criatura en su creador se trastoca, ya no se ve a Dios como la plena realización del hombre, sino como un impedimento para alcanzar, y, por qué no, sobrepasar sus límites. Esta tergiversada exaltación del hombre lleva a una permanente insubordinación con respecto a lo divino. Lo grave es que los humanismos mal comprendidos y radicales desembocan en un individualismo. Acabamos considerando importante lo nuestro y perdemos el sentido de solidaridad que nos liga a otros hombres y mujeres. Entonces sólo importa mi sensación de bienestar; si la consigo mediante el dolor o humillación de otros seres humanos es cuestión secundaria. Con estas acciones nos alejamos de otros hombres y de Dios. Con arrogancia creemos saber lo que nos conviene, nos olvidamos de que si alguien nos conoce desde antes de nacer es Dios.
Ligada a estos humanismos simplones está una libertad que degenera en libertinaje. Si evito los actos pecaminosos es porque dañan mi dignidad de ser humano; evitar cometer pecados no coarta mi libertad, me hace ser más humano; desde el libertinaje esta idea desaparece, se confunde la plenitud del hombre con la realización de acciones sin ninguna brújula moral que le oriente.
Nuestra batalla
Relativismo y humanismo tergiversado son las grandes armas que el siglo XX regaló al Maligno. Con ellas nos ha hecho perder el sentido del pecado, ha fragmentado la confianza de la humanidad en un Dios misericordioso y amoroso, ha diluido nuestra libertad en libertinaje, millones de personas viven en una apatía hacia lo divino, con una falta de sentido del mal, todo es válido, nada debe restringirnos.
Ante esto se debe levantar la voz de los católicos. El ángel caído es un ser que sigue actuando para alejarnos de Dios; para contrarrestarlo debemos recuperar el sentido del pecado, una confianza amorosa en Dios y proclamar un humanismo bien entendido, pues, finalmente, la plena realización del ser humano es el Dios misericordioso, vivo y resucitado. |