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Escrito por Javier Algara   
Domingo 13 de Abril 2008

VIGÍA

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Para el que deja de creer en el demonio no hay reparación posible de daños, porque lo que se pierde es nada menos que la vida eterna.

Por Javier Algara

Hace unos meses reflexionaba yo en este mismo espacio acerca de las opiniones vertidas en un programa radiofónico por algunos universitarios, entre los que había algunos que se confesaban católicos. Se criticaba en el programa la insistencia de la Iglesia por seguir enseñando doctrinas que ya la ciencia y el progreso habían hecho ver como obsoletas. Uno hubiera esperado que los muchachos católicos saltarían a la defensa de su Madre y Maestra, pero en vez de eso se aliaron con los críticos y tristemente narraron cuánto se habían sorprendido al leer en el actual Catecismo de la Iglesia Católica que ésta aún enseña la existencia del demonio. Concluyeron los jóvenes estudiantes que, con toda seguridad, la insistencia eclesiástica en enseñar esas tonterías se debe a la estrategia imperialista del clero de mantener a la gente engañada y en un estado de infancia intelectual. Además de experimentar la amargura que esos comentarios provoca, no puede uno menos de preguntarse quién estará más engañado, si los que creen, con el Magisterio de la Iglesia, que el diablo es una realidad de la que hay que cuidarse porque «siempre ronda buscando a quien devorar», o los que, apoyados en las respuestas dadas por la ciencia, lo han relegado al reino de lo legendario, propio de los cuentos de hadas y demás fantasías. ¿No será más bien que si hay quien haya dejado de creer en Satanás es precisamente porque ha sido víctima de sus engaños? Los ladrones del mundo estarían contentísimos de poder hacer creer a la gente que, gracias al desarrollo tecnológico de esta época, ya no hay ladrones ni robos, que la policía no hace falta ya y que no hace falta poner llave a las puertas al salir de casa. De seguro que no faltaría quien cayera en el engaño. Y estos ilusos, además, probablemente andarían por ahí burlándose de los anticuados que continuaran comprando candados y poniéndole seguro a las ventanas en pleno siglo de la seguridad computarizada y los satélites vigías. A este tipo de ingenuo, sin embargo, lo peor que le puede pasar es que un día regrese y encuentre que le han birlado hasta el perico de su casa.  Siempre existe la posibilidad de reponer lo perdido; la compañía de seguros, luego de ponerle mil trabas, le pagaría una parte de las cosas robadas; el coraje se esfumaría al paso del tiempo. Pero, para el que deja de creer en el demonio no hay reparación posible de daños, porque lo que se pierde es nada menos que la vida eterna. Y es inútil sentarse a esperar que el engañador venga a pedir disculpas, a sincerarse, a pagar los daños y a tratar de enmendar el entuerto.

Existe, sin embargo, a pesar de todo, una solución para las personas que han caído en el engaño de creer que no existe el demonio (y todos hemos caído más de una vez): que confiemos en Aquel que ha pagado en su cuerpo el precio de lo que habíamos perdido, y que nosotros no podíamos ni siquiera soñar en recuperar. Él es la Verdad y la Vida;  el Señor que salva de la muerte a los engañados, y vence al Engañador.

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