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Escrito por Domenico Mondrone, SJ / Catholic.net   
Domingo 13 de Abril 2008

JÓVENES

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-Comprendo que no tengas mucho deseo de hablar de María. Eres infinitamente soberbio. Pero, en nombre de Ella, responde: ¿Creíste haber obtenido una victoria plena arrebatándonos a nuestra madre Eva? ¿Ni siquiera sospechaste que Dios te habría vencido con María?

Por Domenico Mondrone, SJ / Resumido de Catholic.net

La idea de este escrito me vino de improviso en una tarde de agosto. Fue así: el Segundo Canal de la RAI emitía una programa titulado Entrevistas imposibles. Entre una y otra audición me vino a la mente una observación muy extravagante: «¡Falta una entrevista con Satanás!».

Una tarde fui, como obligado por no sé qué, a una iglesia donde es venerada una advocación de la Virgen muy querida por el pueblo romano. Apenas pasada la puerta, se me acercó una muchacha y de improviso me dijo:

—¿Cuándo se decide a escribir aquellas cosas?

—¿Escribir? ¿Qué cosas?

— Lo sabe mejor que yo.

—Pero usted, ¿quién es?

—¿Qué interesa decirle quién soy? Vaya a ver a Aquélla —e indicó el cuadro de la Virgen—. Vaya a oír qué quiere Ella decirle.

Un grupo de turistas entró en aquel momento, la muchacha fue envuelta en la confusión y la perdí de vista

¡Qué cosa tan extraña! ¿Una alucinación o un aviso del Cielo? Me sentí perdido y ridículo, sobre todo ridículo.

Al ponerme a los pies de la Virgen, ya advertía en mí una promesa de asistencia materna.

—Está bien —dije saliendo—. Me embarcaré en este asuntazo. Yo mismo escribiré esta extrañísima entrevista.

Aquella misma tarde hice devotamente la señal de la Cruz y comencé a rezar el rosario. No había terminado aún la primera decena, y ya me encontraba sentado y con la pluma en la mano. Escribí: «Entrevista con Satanás». Corregí: «con el Maligno». Este segundo apelativo es menos común y de un sentido más inmediato.

En aquel mismo instante advertí una imprevista sacudida de frío que inmediatamente me envolvió todo entero. La ventana estaba completamente abierta; instintivamente me levanté para cerrarla. Sin embargo, de fuera venía un aire caliente.

Invoqué mentalmente a la Virgen que me miraba desde una imagen suya a unos metros de distancia de la pared y tuve una caricia imprevista de paz. Pero luego la habitación sufrió un sobresalto misterioso.

—Has pedido entrevistarme, aquí estoy —era una voz lóbrega

—Pero ¿quién eres tú?

—No seas estúpido; ¡soy yo!

En un ángulo del escritorio había un rosario e instintivamente lo cogí como si fuese un arma de defensa.

—¡Tira fuera esa tontería, si quieres hablar conmigo!

—¿Tontería...?

—¡Excrementos de cabra colocados juntos!

—¡Si para ti es una tontería, yo lo beso, y para tu desprecio lo enrollo en torno a mi muñeca, como defensa.

—¡Eso para mí es una guillotina!

—Mejor aún, y gracias por habérmelo dicho.

He intentado muchas veces explicarme cómo percibí aquella voz tan cercana, que no venía de ningún punto preciso de la habitación, ni salía de mi interior.

—¿Cómo es que has venido? ¿Quién te envía?

—He sido obligado .

—¿Por quién?

—¡Por Aquélla! —gritó esta respuesta con un desprecio y con un odio indescriptibles.

—¿Quién es Ella?

—¡No diré jamás su nombre!

—¿Te quema tanto?

—¡La odio infinitamente! Porque es la criatura más alta y más santa...¡Él la ha querido así para mi desprecio, para que fuese mi más aplastante humillación!

— ¿Cómo es posible? ¿Eres el padre de la mentira y dices una verdad tan grande?

Mi pregunta quedó sin respuesta.

Pasaron algunos días sin que sucediese nada nuevo. Pero una mañana, apenas había terminado de celebrar la Misa, tuve un deseo insólito de ir rápidamente a casa. Me senté y esperé.

—Estoy aquí. ¿Qué más quieres preguntarme?

—Antes que nada, debo agradecerte el alto elogio que la última vez hiciste a la Virgen. Y todavía no logro explicarme cómo se te haya podido escapar.

—Es Ella que me obliga a hablar así. Lo hace para contentarte y para humillarme. Pero tú,  recuérdalo, me las pagarás. Yo odio la verdad, porque la verdad es Él.

—Gracias también por esto que me dices; pero si Ella está conmigo, tú no me das miedo.

—Te he dicho que me las pagarás.

—De acuerdo. Pero continúa hablándome de Ella.

—Es mi más implacable enemiga .

—Lo creo: es la Mujer destinada a darnos a Jesús, nuestro Redentor, el reparador de todas tus maldades, especialmente por habernos regalado el pecado y la muerte. Y Ella, por virtud de su Hijo, ha vencido todo esto.

Un largo silencio de espera.

—Comprendo que no tengas mucho deseo de hablar de María. Eres infinitamente soberbio. Pero, en nombre de Ella, responde: ¿Creíste haber obtenido una victoria plena arrebatándonos a nuestra madre Eva? ¿Ni siquiera sospechaste que Dios te habría vencido con María?

—¿Pero por qué te obstinas tanto en hablarme de Aquella? ¡Déjalo ya!

—Precisamente porque te fastidia tanto....

—Es una terrible desbaratadora de mis planes. Me la encuentro siempre ocupada en atravesarse en mi camino. Pero ahora ha llegado el tiempo en que obtendré sobre Ella victorias jamás vistas... ¡No serán efímeras! Esta vez será una victoria total. ¡Ahora os he abierto una brecha!

—¿Qué brecha?

—Tengo de mi parte a los teólogos. Vuestros cultivadores del dogma van abandonando una tras otra vuestras posiciones. Los he inducido a avergonzarse de ciertas fórmulas ridículas. A avergonzarse antes que nada de creer en mi existencia y en mi trabajo. De este modo, las creencias en la Inmaculada Concepción, en la siempre Virgen llena de gracia están siendo desmoronadas como miserables necedades. Dentro de pocos años quedará sólo el recuerdo. Mucho he debido esperar, pero ahora ha llegado finalmente mi tiempo. ¡Definitivamente ha llegado mi hora!

Parecía que se hubiese marchado. Pero estaba allí, quizás en espera de mi reacción.

— Pero todo esto pasará. Bastará un soplo del Omnipotente para desbaratar todo lo que estás construyendo. Un soplo solo y Dios sacará bien del mal.

—No te hagas ilusiones.

—Sé que no me engaño. La fe me lo dice. Ni tú mismo, eterno mentiroso, crees en esta victoria final. Te crees omnipotente; mejor aún, quieres hacértelo creer a ti mismo, pero basta un signo de la cruz para ponerte en fuga, basta un poco de agua bendita para paralizar tu omnipotencia. Tú no puedes nada más de lo que te permite Dios. Te lo permite para probar a sus elegidos en el tiempo, y derrotarte para toda la eternidad.

—¡Qué elocuente eres! Has hecho una bella predicación para los papagayos de la parroquia. Tu reúnes palabras, yo cuento hechos.

—Sabes bien que no es predicación. Es un hecho tremendo. Como tremendo es el Infierno en el que te precipitaste. ¡Desgraciado! Eras un ángel. Dios te creó riquísimo de dones y de bellezas divinas. Es inconcebible cómo tú y los tuyos habéis podido atreveros a un tan estúpido pecado de rebelión. ¿Como intentar apropiarse de lo que no era vuestro? ¡Responde!.

—Porque quiso someternos a una prueba infinitamente humillante para nosotros, espíritus altísimos. Una prueba inimaginable, digna sólo de una revuelta.

—¿Qué prueba?.

—Nos impuso un obsequio muy humillante e inaceptable: os creó también a vosotros los hombres con el propósito de elevaros a la misma dignidad a la que nos había elevado a nosotros, y para colmo de todo, lo que hizo desencadenar nuestra revuelta: nos puso delante la encarnación del Hijo, hecho hombre, revestido de una naturaleza inferior a la nuestra, y nos impuso adorarle. Nuestra inteligencia se pasmó. Muchísimos de nosotros lo vimos como una afrenta a nuestra dignidad y nos rebelamos. El castigo explotó de inmediato. En aquel rechazo nuestro gesto es de revuelta. Y en un momento nos encontramos como somos. Su condena fue sin apelación. Tampoco nos hubiéramos sometido a su voluntad.

—¿Y no era un pecado gravísimo de rebeldía?

Un «¡Nooo!» lóbrego, largo, cavernoso, de helar la sangre, resonó un buen tiempo en la lejanía. Comprendí que había desaparecido. Todo lo que era firme tembló. Salí al corredor mirando si alguien se hubiese percatado de algo. Nada. No vi a nadie.
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