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¿Qué hace santo al santo? Imprimir
Escrito por Javier Algara   
Domingo 06 de Abril 2008

VIGÍA

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Cuando hablamos de santidad de lo que hablamos es de perfección, de aquello que supera la medianía en que nos movemos generalmente.

Por Javier Algara

Con ocasión de la Semana Santa, Discovery Channel presentó un muy interesante programa sobre la santidad, pero nunca intentó definirla o explicar qué hace que un santo sea santo. Sólo se habló de los procedimientos de canonización. Y aunque esto último no deja de ser muy ilustrativo, lo otro es lo que más nos hace falta a quienes, como los cristianos, hemos sido llamados a la santidad.

Cosa curiosa, los ideogramas chinos que ha adoptado la Iglesia católica en los países del lejano Oriente para expresar el concepto de «santo», son los mismos que usó Confucio en sus libros para designar al hombre sabio y perfecto. No es simple coincidencia. Cuando hablamos de santidad de lo que hablamos es de perfección, de aquello que supera la medianía en que nos movemos generalmente. Por eso el santo por excelencia es Dios, la perfección absoluta. Su contrario es lo profano, efímero, mutable e imperfecto. En todos los pueblos ha existido siempre una línea demarcatoria entre esas posiciones extremas: lo perfecto y lo común y corriente. Lo primero es admirable, sobresale frente a lo segundo y, consecuentemente, se separa de éste. La grandeza y hermosura de los templos de todas las religiones, que destacan ante el paisaje chato de las ciudades donde vive el común de los seres humanos, son una manifestación de la conciencia humana de esa división. En los lugares santos habita el Ser absolutamente perfecto, el Otro. La ropa litúrgica, los vasos sagrados, la música sacra, etc., son otros signos de esa consciencia.

Jesús, en el Sermón de la Montaña, hace una llamada a la santidad: «Sean ustedes perfectos como es perfecto su Padre que está en el Cielo». Entre más se asemeja una persona a Dios, más perfecta se hace. Esto es simple sentido común. Y en la medida que una persona se va asemejando a Dios, empieza a destacar entre los demás hombres. Los santos siempre han llamado la atención de la gente. No porque hagan milagros, que eso no es lo que los hace ni distintos ni santos. El milagro únicamente marca su cercanía con Dios, subraya el hecho de que Dios se complace en ellos por ser obedientes y los usa para manifestarse a los demás. Ha habido más de un santo que en vida jamás resucitó a un muerto ni se bilocó, y sin embargo causaba asombro a quienes entraban en contacto con él. Porque su vida era perfecta. Sus vecinos alcanzaban a notar que lo que los santos hacían o decían era distinto, en su contenido, en su forma, en su intensidad y en su calidad, de lo que hacía el resto. Era perfecto. Era un poco como lo que uno pensaría que Dios haría si fuera hombre.
Los santos llaman la atención, sobre todo, por estar siempre atentos a la voluntad del Padre, como lo hizo el Señor Jesús, y el amor empieza a ser una constante en sus vidas. Y me refiero a un amor como el de Cristo, que va, si es necesario, hasta la «muerte de cruz».

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