|
AL MARGEN… 
Es innegable que podemos, y que debemos incluso tratar de entender en qué consiste nuestra fe.
Por Juan Carlos Moreno Romo Aunque lo fundamental de nuestra fe esté en los misterios de la Revelación —comenzando por el misterio que es la Revelación misma: el hecho de que Dios nos hable a nosotros, aquí y ahora—, y aunque lo propio de cada misterio sea rebasar infinitamente nuestra capacidad de comprender, es innegable que podemos, y que debemos incluso tratar de entender en qué consiste nuestra fe, según nuestras diversas posibilidades: el niño como niño, el adulto como adulto, y luego cada uno según su nivel de preparación. Si en otro tiempo nos bastaba con el catecismo infantil, el de antes de la primera comunión, y con la celebración de la Palabra en la primera parte de la Misa, y el sermón del sacerdote, además del rosario familiar o del Padrenuestro y el Avemaría de la noche o la mañana, en estos tiempos de incesante acoso por parte de los enemigos de nuestra fe, que son como sirenas que quisieran encantarnos con sus cantos para desviarnos del camino a casa, como a Ulises, o como los diablos de las pastorelas, que se esfuerzan por desviar a la gente sencilla de su encuentro con Jesús, y que están por todas partes —en la escuela y el trabajo, en los medios, en la diversión y hasta en la vestimenta—, necesitamos fortalecer nuestra fe en Dios y en su Iglesia para tenerla más firme y más resistente. La Misa de los domingos y las fiestas de guardar, los sacramentos, la oración, y una vida abierta al amor y a la acción de Dios en nosotros son, desde luego, lo fundamental, pero todo esto podemos y debemos reforzarlo o complementarlo con el estudio, y con el esfuerzo constante por alcanzar un mejor entendimiento de nuestra fe. La lectura de El Observador es ya un paso en este sentido, como lo es el ver o el escuchar alguno de los programas católicos que comienzan a desarrollarse, tan benéfica y tan urgente y tan perfectiblemente, en la radio y la televisión, o como lo es la frecuentación de algún movimiento parroquial. Pero debemos hacer más. Debemos, por ejemplo, estudiar el Catecismo de la Iglesia católica, y consultarlo en nuestras dudas. También deberíamos estar atentos a lo que escriben los autores cristianos de nuestros días con respecto a nuestros tiempos, y el primero de ellos es nada menos que Benedicto XVI. Piense el lector que, desde luego, no es un gesto insignificante de la Divina Providencia el habernos dado como Papa a este gran pensador. |