JHS
   Jueves 04 de Diciembre 2008   Inicio arrow No. 663 (23 de marzo de 2008) arrow El proceso para ser sacerdote inicia misteriosamente...
Inicio
Buscar
Archivo
Contacto
Nosotros
Directorio
Suscripciones
Boletín
¡Escucha México!
Noticias Zenit
Enlaces

Red de periodistas, escritores y medios católicos de habla hispana

El mundo visto desde Roma

Red Global Católica

Valorar la sexualidad de acuerdo al plan de Dios

Iluminando al mundo

El lugar de encuentro de los católicos en la red

Fuentes RSS
El proceso para ser sacerdote inicia misteriosamente... PDF Imprimir Correo
Escrito por María Velázquez Dorantes   
Domingo 23 de Marzo 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?

Image

«El proceso para ser sacerdote inicia misteriosamente. En mi caso, con mi ingreso a un orfanato para pobres»
Entrevista exclusiva con el padre Umberto Mauro Marsich, s.x.

Por María Velázquez Dorantes

¿Cómo inicia el proceso para ser sacerdote?

El proceso para ser sacerdote inicia misteriosamente. En mi caso, inició con mi ingreso a un orfanato para niños necesitados, o sea, pobres. Después de la segunda guerra mundial, a mi padre nadie le daba trabajo por su antecedente fascista, y eso lo derrumbó económicamente. La entrada al orfanato fue una necesidad. Además, yo venía de la Yugoslavia comunista de Tito y no conocía a nadie en la tierra italiana donde emigramos. En el orfanato conocí a dos extraordinarios sacerdotes. Los dos, hombres de Dios, muy preparados y dotados de un gran corazón materno y paterno. Mirándolos, me decía a mi mismo: «¿Por qué no puedo ser como ellos?» Lo intenté. Entré en el seminario diocesano de mi diócesis italiana de Ceseña, donde me encontré con muy buenos profesores y excelentes formadores; sin embargo, sentía que el Señor me quería para algo más. Los confines del seminario diocesano me quedaban muy angostos. Así, opté para ser misionero y javeriano, y la voluntad de Dios, terminados los estudios teológicos, me trasladó hasta a México, tierra de mi vida misionera.

¿Qué ha significado ser sacerdote misionero para usted?

Ser sacerdote misionero significó vivir radicalmente la palabra del Señor: «Vayan por todo el mundo...». Dejarlo todo y seguir la voluntad de Dios. Entonces, mi mamá estaba enferma de cáncer; sin embargo, se me dio la orden de salir de Italia, rumbo a México, igualmente. Fue cruel, pero obedecí. A mi mamá volví a verla dos años después, para acompañarla en su desenlace final. Una muerte verdaderamente «feliz», en el Señor.

¿Cuáles son los retos más impactantes que ha tenido en su vida sacerdotal?

Estando yo en la misión indígena de S. Cruz, Huejutla (Hidalgo), sin conocer ni el idioma Náhuatl ni las costumbres de los indígenas, viví un periodo de profunda soledad interior. Luego, experimenté una gran impotencia frente a los dramas de la pobreza, miseria y explotación de mis campesinos. Soledad e impotencia provocaron en mí un gran desconcierto y la sensación de haber sido abandonado por Dios. Su silencio, frente a nuestras peticiones de justicia y de ayuda, me llevó hacia un angustiante vacío espiritual y dura decepción. Superar eso fue el reto más impactante de mi vida sacerdotal. Aún hoy, padezco las consecuencias, pero me pongo reiteradamente en las manos providenciales del Padre bueno y misericordioso.

Lo que me devolvió la alegría fue la convivencia cotidiana y fraternal con mis hermanos campesinos; fue el ejemplo de desprendimiento y de libertad de aquellos que lograban vivir con casi nada y sin ningún lamento. Me devolvió aliento el espíritu de solidaridad y fraternidad que los unía de manera casi evangélica. Pude así constatar que los caminos del corazón humano son infinitos e inesperados. A mis indígenas debo el coraje que adquirí para superarme y enfrentarme a la etapa académica que el Señor me tenía preparada. Desde el 1985, con el doctorado conseguido en la universidad de Roma, mi vida ha sido diferente. Gracias a Dios, nuevamente.

¿Cómo observa a los jóvenes y la vocación religiosa?

La juventud, a pesar de todo, es la esperanza de nuestro México y no ha cambiado. Lo que sí se ha transformado es el mundo que la rodea: más materializado, hedonista, frívolo, consumista, erotizado, violento, y moral y espiritualmente empobrecido. Inmersos en esta nueva y poco edificante realidad, a los jóvenes de hoy se les complica mirar con optimismo hacia el futuro. Más bien, remedian su decepción e inconformidad con auténticas fugas de la realidad. El alcohol, la droga y el sexo irresponsable son los recorridos, destructivos e inevitables, de la desesperanza. Espiritualmente vacíos y psicológicamente defraudados, es muy complicado para ellos salir a la luz y luchar. Además, la Iglesia parece haber renunciado a seguirlos y a tenerles fe. Nuestros templos, en efecto, están abandonados por la juventud y, desde luego, que ya no los atrae nada: ni Dios, ni la comunidad cristiana, ni la vocación sacerdotal o religiosa.

¿Qué es lo que más le gusta de ser sacerdote?

Me gusta el contacto permanente con la gente de todas las clases sociales. Me encanta el poder transmitirle la esperanza, aquella verdadera, eterna e infinita, o sea, Dios. Me preocupo cuando constato que la gente está abandonando el valor de la trascendencia y de la religiosidad y opta por una existencia sin sentido, sin proyección. En mis conferencias y en los cursos que imparto por toda la república mexicana, trato siempre de entusiasmar a la gente para que no se dejen derrotar por la pobreza del pensamiento contemporáneo y por la escasez de esperanza en Dios.

¿Cómo describe los llamados de Dios para las vocaciones religiosas y, sobre todo, misioneras?

Es imposible, a mi manera de ver, describir los caminos del misterio. Que un joven sienta atracción para donarse al Señor y dejarse consagrar por Él, sigue siendo inexplicable. El problema, hoy, es la incapacidad del hombre para construirse espacios de silencio, de soledad y de contemplación. La sociedad contemporánea no se lo permite. Sin embargo, Dios llama en el silencio del desierto, en la soledad del monte y en la sacralidad de la conciencia contemplativa. En efecto, estos son los espacios más ausentes y las experiencias siempre menos deseadas. El afán de dinero, o sea, el mito de que el tener muchas cosas y experimentar muchas relaciones sexuales hace al hombre feliz, por otro lado socavan el corazón del hombre y lo incapacitan para conservar la sensibilidad del espíritu. Es cosa de Dios y del espíritu seguir al Señor. No lo debemos olvidar.


Pancarta
De acuerdo con las normas internacionales de Propiedad Intelectual y Derechos de Autor, podrá reproducir parcial o totalmente la información, pero siempre citando nuestra fuente. La reproducción de los artículos y/o noticias firmados con Zenit-El Observador requieren permiso expreso de zenit.org. La publicación de algún artículo no implica compromiso. Los artículos firmados son responsabilidad del autor. D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2008