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Como católicos tenemos la obligación de asistir a la santa Misa cada domingo. Pero, ¿realmente sabemos a qué vamos cada domingo a Misa? ¿O nos hemos convertido, como alguien decía, en «agnósticos que por casualidad van a Misa»?
Por monseñor José H. Gómez, arzobispo de San Antonio, Texas Como católicos tenemos la obligación de asistir a la santa Misa cada domingo. Pero, ¿realmente sabemos a qué vamos cada domingo a Misa? ¿O nos hemos convertido, como alguien decía, en «agnósticos que por casualidad van a Misa»? Un amigo me contaba que un momento importante en su crecimiento en el compromiso de fe fue cuando invitaron a un filósofo agnóstico a dar una conferencia al grupo de católicos donde mi amigo se encontraba. El agnóstico abrió su conferencia diciendo: «Ustedes, católicos, no saben lo que dicen... ¡ustedes dicen que Jesús es Dios!». Y, golpeando la mesa, el conferencista agnóstico repitió: «¡Ustedes creen que Él es Dios!». Lo que impresionó a mi amigo es que un agnóstico parecía comprender mejor que los católicos quién es Dios –—Alguien con perfección absoluta, todopoderoso, eterno, creador del universo— y, por lo tanto, cuán radical y revolucionaria es nuestra fe. Pero nosotros no sólo creemos que Jesús es Dios. Creemos que ese Dios hecho hombre se quiso quedar con nosotros permanentemente, quedándose todo Él sustancialmente en la forma del pan y del vino, en dos objetos materiales inermes que llamamos la Eucaristía. Precisamente porque los católicos hemos perdido el sentido del asombro o la conciencia del significado de la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, los obispos de los Estados Unidos publicamos el 14 de noviembre del año pasado el documento Dichosos los llamados a la Cena del Señor: Preparándonos para recibir dignamente a Cristo en la Eucaristía. Ante todo, la Eucaristía es —y nunca insistiremos suficientemente sobre esto— el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo. La Iglesia tradicionalmente ha usado la palabra «transubstanciación» para describir el cambio realizado. La sustancia (lo que algo es) de pan y vino es totalmente cambiada en Cuerpo y Sangre de Cristo. Mientras las apariencias de pan y vino permanecen, Cristo Resucitado es el que está realmente presente, y por lo tanto es a Él a quien recibimos en la Sagrada Comunión: su Cuerpo y Sangre, alma y divinidad. De esta manera, «Jesucristo Resucitado viene a habitar personalmente en nosotros, y entonces podemos participar en su vida y su amistad.» Por eso, no todos, ni siempre, somos dignos de recibir este sacramento. Como explicamos los obispos, «debemos hacer un esfuerzo por recibir la Sagrada Comunión con frecuencia, gratitud y dignidad. Sin embargo, a veces podemos encontrarnos en situaciones que un examen de conciencia ante Dios nos revela que debemos abstenernos de participar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.» ¿Qué nos impide recibir la Comunión? Ante todo el pecado mortal, que constituye un rechazo a la comunión con Dios y destruye la vida de gracia en nosotros. Objetivamente, algunos pensamientos, acciones y omisiones implican materia pecaminosa grave. El pecado mortal es un acto que viola la ley de Dios en materia grave y que es realizado con pleno conocimiento y total consentimiento de la voluntad. Como católicos, estamos obligados a formar nuestra conciencia en lo que se refiere a lo que es materia grave según la enseñanza de la Iglesia. Ciertamente, los Diez Mandamientos, los preceptos de la Iglesia y las obras de misericordia son incomparables guías para discernir sobre nuestra adecuada preparación para recibir a Jesucristo en nuestro corazón. También es necesario estar en comunión con la Iglesia, lo que implica estar en comunión con los demás y con las enseñanzas de la Iglesia. |