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Con poco que miremos con los ojos del corazón a nuestro alrededor, descubriremos también valiosos modelos cotidianos, personas que hacen de la caridad, del amor, su modo de vida.
Por María Ángeles Fernández Muñoz / Toledo, España En estos días he vuelto a leer la primera encíclica del papa Benedicto XVI, «Dios es amor», un texto en el que eleva el concepto del amor a la categoría más plena. El Papa, superando las interpretaciones erróneas a lo largo de la Historia, nos presenta el amor de atracción entre un hombre y una mujer, que los griegos llamaron eros, como un amor que trasciende y alcanza su plenitud en el agapé, donde «el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo». El ejemplo más radical, más auténtico de amor, es Cristo en la cruz. «Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad -dice el Papa-. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar». Certeras palabras que nos recuerdan cuál es el camino por el que ha de marchar nuestra vida. Una vida en la que nos vamos a encontrar con personas que esperan, necesitan, ser amadas por nosotros... y otras que nos darán su amor, que debemos aceptar. «Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como un don», según nos recuerda el Papa en su encíclica. Nos encontraremos con ese eros que ha de tender a ser agapé, pero también descubriremos que hay sufrimiento que necesita consuelo y ayuda; nos toparemos cara a cara con la soledad que debe ser acompañada y con la compañía amistosa que debe ser amada. Además, es siguiendo este camino de amor al prójimo por el que encontramos a Dios. Mientras escribo estas líneas viene a mi mente el recuerdo de la madre Teresa de Calcuta, uno de los ejemplos contemporáneos más definitivos del Evangelio del Amor. Pero estoy convencida de que, a poco que miremos con los ojos del corazón a nuestro alrededor, descubriremos también valiosos modelos cotidianos, personas que hacen de la caridad, del amor, su modo de vida. Basta estar un poco atentos para darnos cuenta cómo la vida nos regala a cada paso, y siempre, oportunidades para amar y ser amados, para participar de ese agapé en comunión con Dios y con cuantos aceptan la invitación a este convite. ¿Lo vamos a rechazar? |