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Escrito por Padre Umberto M. Marsich, s.x.   
Domingo 16 de Marzo 2008

GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (11 de 18)

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...cercanos a su pueblo y servidores de todos...

Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x.

SEGUNDA PARTE: LA VIDA DE JESUCRISTO EN LOS DISCIPULOS MISIONEROS (JUZGAR-ILUMINAR) (Continúa).

III. La comunión en los diferentes miembros del pueblo
de Dios (Esquema 2.1).

A) Los obispos. Se evidencia que «la función» de los obispos es la de servir al Pueblo de Dios (186); la «misión» es la de promover la caridad y la santidad de los fieles y ser instrumentos de comunión con los presbíteros y diáconos. También se señala que deben ser animadores de las comunidades y, desde luego, abiertos a acoger, discernir y animar carismas, ministerios y servicios en la Iglesia, comenzando desde los más pobres (188-189).

B) Los presbíteros. Se constata que el momento presente los confronta con tres principales desafíos:
La «identidad teológica» de su ministerio presbiteral. Los presbíteros no deben dudar acerca del gran don que son para la Iglesia, sea por la unción del Espíritu, que han recibido, que por su especial unión con Cristo Cabeza (193).

La «cultura actual». Para insertarse con eficacia en ella, el presbítero debe conocerla bien. De ahí la necesidad de potenciar la formación permanente: humana, espiritual, intelectual y pastoral (194).
Los «desafíos vitales y afectivos». Para alcanzar estabilidad afectiva y vivencias armónicas de su opción celibataria, el presbítero deberá cuidar su vida espiritual, o sea, la experiencia de Dios y la comunión con los hermanos sacerdotes (195). También están llamados a valorar su celibato como posibilidad de especial configuración con el estilo de vida de Jesús y para el ejercicio de la caridad pastoral (196).
Los presbíteros, además, no deben olvidar que tienen que ser «hombres de la misericordia y la compasión de Dios», cercanos a su pueblo y servidores de todos pero, sobre todo, de los pobres (199).

C) Los párrocos. A los párrocos, Aparecida pide un claro «cambio de actitudes». Sin actitudes nuevas -se reconoce en el documento- no habrá renovación de las parroquias. En efecto, sólo un sacerdote enamorado del Señor podrá renovar su parroquia, caminar «hacia los alejados» (201), integrar en la unidad a todos los colaboradores, crear cauces de comunión y dedicarse, de manera especial, a las familias cristianas (202-204).

D) Los diáconos permanentes. Se trata de una realidad nueva y extraordinaria para la vida de la Iglesia. A ellos se les pide el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia (205). Además, deberán permanecer en comunión con los demás diáconos, obispo, sacerdotes y miembros del pueblo de Dios (206). Con una adecuada formación humana, espiritual, intelectual y pastoral, ejercerán con eficacia su misión diaconal de «ejercicio de la caridad» (207).

E) Los fieles laicos/as. Son «la presencia de la Iglesia en el corazón del mundo y presencia del mundo en el corazón de la Iglesia». Es propiamente en el mundo donde están llamados a ejercer su vocación bautismal de discípulos misioneros del Reino de Jesús (209-210). A ellos también se les debe proporcionar una adecuada formación doctrinal, espiritual y pastoral, para que puedan participar más eficazmente en la vida eclesial. Su participación en los consejos parroquiales debe ser promovida y alentada sin reserva (211-215).

F) Los consagrados/as. Por ser la vida consagrada don de Dios y camino especial de seguimiento del Señor, la Iglesia los recibe con alegría en su seno, y a todos/as pide una siempre mayor inserción, en comunión con los Pastores, en la vida de la Iglesia local. De manera especial se les solicita el «testimonio de la absoluta primacía de Dios y de su Reino», en un mundo que parece alejarse siempre más de Él (216-224).

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