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Escrito por Javier Algara   
Domingo 16 de Marzo 2008

VIGÍA

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No hay campo de la actividad humana que no tenga relación con la familia. La vida humana empieza en la familia, en ella crece la persona y a ella vuelve.

Por Javier Algara

Las palabras que forman el encabezado del presente escrito fueron pronunciadas por Juan Pablo II durante una homilía dirigida a un numeroso grupo de familias misioneras pertenecientes al Camino Neocatecumenal, en la Misa en la que dichas familias fueron enviadas por el Papa a las misiones. La homilía hacía referencia a la trascendencia del papel de la familia cristiana en la evangelización. Pero esas palabras, en concreto, podrían servir de tema de reflexión a la sociedad y a los políticos de todos los países. Aún más, ellas deben servir de leit motiv en cualquier discusión o actividad de planeación gubernamental, empresarial, educativa y, sobre todo, familiar, pues ¿qué es la sociedad sin familias?

No hay campo de la actividad humana que no tenga relación con la familia. La vida humana empieza en la familia, en ella crece la persona y a ella vuelve. La unión fecunda de hombre y mujer, la que resulta en la creación de una vida humana nueva, así sea una unión casual, por pasión o por violencia, significa también el inicio o el crecimiento de una familia, en su estado más primitivo si se quiere, pero una familia al fin y al cabo, que debe ser protegida de todas las formas posibles para que lleve a cabo su misión.

La actividad de la empresa, del gobierno, de la escuela, y de cualquier otro tipo de organización intermedia, ¿no termina por afectar a la familia, en beneficio o en perjuicio? Las condiciones laborales, las tasas salariales, el IMSS, el INFONAVIT, y todas las entidades que gravitan en torno al mundo del trabajo repercuten en la familia. Las tan discutidas reformas fiscal y energética en México también van a influir en la familia, así como las políticas de orden educativo, de seguridad pública, de salud y demás. La familia, a su vez, además de ser la célula fundamental de la sociedad, influye en su vitalidad, desarrollo y estilo de vida. Los valores que dan cohesión y viabilidad a la comunidad humana, los que posibilitan la democracia y el bien común (solidaridad, justicia, honradez, orden, etc.), por ejemplo, son tales para la persona sólo cuando ella puede vivirlos en la familia y adoptarlos como propios desde la infancia. Un estudio de la DEA (Agencia del Control Antidrogas) en Estados Unidos, analizando las posibles causas y soluciones del problema de las adicciones, resumió así sus conclusiones: «Todo reside en la mesa de la cocina» (aludiendo a la costumbre norteamericana de hacer de la cocina el punto de reunión de la familia).

La familia es el icono de la Trinidad Santísima, unión total en total donación mutua de amor. La experiencia personal de amarse y donarse en la familia, de ser imagen de Dios en el tiempo y el espacio concretos, es la mejor forma de ser persona. Juan Pablo II, en la misma homilía, añadió: «No hay otra dimensión en la que el hombre pueda expresarse mejor como persona, como vida, como amor». Aunque tampoco hay otro lugar donde el hombre pueda ser más destruido... y la sociedad más dañada. La familia es así de importante.

Ahora bien, la fortaleza máxima de la familia es ella misma. Si ella no se fortalece a sí misma en el amor, ni se defiende con la unidad ante aquellos que quisieran aniquilarla por egoísmo, nadie más lo hará.

Todo por la familia, no a costa de la familia.


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