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ENSAYOS CRISTIANOS 
La historia me ha visto siempre con horror y rencor. Sin embargo, es hora de decir que no fui yo quien planteó la famosa alternativa. La pregunta, si lo recordáis, fue hecha por Poncio Pilatos como recurso extremo para salvar al Señor.
La historia me ha visto siempre con horror y rencor. Sin embargo, es hora de decir que no fui yo quien planteó la famosa alternativa. La pregunta, si lo recordáis, fue hecha por Poncio Pilatos como recurso extremo para salvar al Señor: «¿A quién queréis que os suelte: a Jesús o a Barrabás?». Conozco casi todos los retratos que tanto los escritores como los cineastas han hecho de mí. ¿Deberé decir abiertamente que no me reconozco en ninguno de ellos? Zeffirelli, el director italiano, por citar a uno entre mil, me representó como un gigante furioso de cuya boca escurrían, en un mismo flujo hediondo, espumarajos y blasfemias. Mel Gibson, en La pasión de Cristo, no pudo, por su parte, pintarme más repulsivo: cabellos hirsutos, dientes podridos; en fin, algo muy parecido a un animal. En realidad yo no era ni más feo ni más bello que el común de mis conciudadanos, aunque era un delincuente. Casi diría que me agrada la parquedad con la que los evangelios se refieren a mi persona. Mateo, por ejemplo, se limita a decir de mí que «era un preso famoso» (27,16). Pero Juan es más parco todavía; dice: «Barrabás era un salteador» (18,40). En síntesis, nada de descripciones físicas o psicológicas que pudieran hacer demasiado equívoca la comprensión de mi pobre humanidad. «Un salteador más o menos famoso, más o menos popular»: he aquí, en pocas palabras, una descripción sumaria y bastante exacta de mi situación en aquel remoto entonces. Por lo demás, ninguno de los evangelistas se atrevió a decir de mí que fuera un monstruo. A pesar de ello, la historia me ha visto siempre con horror y rencor. Sin embargo, es hora de decir que no fui yo quien planteó la famosa alternativa. La pregunta, si lo recordáis, fue hecha por Poncio Pilatos como recurso extremo para salvar al Señor: «¿A quién queréis que os suelte: a Jesús o a Barrabás?». El procurador romano quería que el pueblo eligiera, pero no con base en la belleza de uno y a la fealdad de otro, sino con base en nuestras respectivas conductas; por decir así, era una pregunta de carácter mucho más ético que estético. Espero que me creáis si digo que cuando aquella pregunta fue hecha en alta voz a una multitud enloquecida, yo temblaba de miedo en un calabozo subterráneo en espera del verdugo. De hecho, cuando el guardián abrió la puerta de la celda, mi primer impulso fue retroceder lleno de espanto. «¿Es ya la hora?», pregunté enloquecido. Los otros dos salteadores que debían morir conmigo en la misma ejecución, también retrocedieron espantados y se golpeaban la cabeza con piedras en gesto evidente de locura y desesperación. Mientras seguíamos los tres al guardia por una galería tan intrincada como oscura, yo todavía estaba en la idea de dirigirme al matadero. No fue sino hasta más tarde que supe la buena noticia. «¡Eres libre!», gritó el procurador. ¡Libre! «¡Cómo!, ¿es que no voy a morirme?». «No, no vas a morirte. Al menos, no todavía». A veces la felicidad no puede expresarse más que con aullidos, y yo, en ese momento, aullé hasta perder la voz, hasta asemejarme en todo a una fiera que se ha escapado de la trampa del cazador. ¡Libre! Pensándolo bien, acaso haya sido a causa de este aullido que la posteridad me ha juzgado con tanto rigor. Pero, ¿qué queréis que os diga? Vosotros, en mi lugar, habríais hecho lo mismo: gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca, volveros locos de felicidad. «Éste morirá en tu lugar», dijo el guardia apuntando con su dedo una figura que no me era totalmente desconocida pero a la que todavía no miraba con aprecio. «Sí, sí, que muera por mí, que muera por mí, que muera por mí, yo no quiero morirme». Creo que esto fue lo único que pude susurrar, o gritar, o qué sé yo. «¡Sí, que se muera él!». El único escritor que ha sido capaz de adivinar lo que pasó conmigo después de aquel viernes, fue Pär Lagerkvist (1891-1974), un escritor sueco a quien, pese a haber recibido en 1951 el premio Nobel de literatura, hoy ya casi nadie lee. El fue el único en intuir que mi vida, después de aquella tarde, no podía ser ya la misma. En una página brillante me describe así: «Había adelgazado, tenía un aspecto miserable, no era ya como en otro tiempo, no era más como al principio. Se podría pensar que no fuese el mismo». Y, en efecto, no era ya el mismo. Mi vida había costado una vida, y eso cambiaba las cosas. Mi nombre aún hoy produce a muchos una especie de sudor frío. ¿Quién impone a sus hijos, por ejemplo, el nombre de Barrabás? Pero acaso sea yo el único que puede decir en qué consiste lo que los creyentes designamos con el significativo nombre de redención. Nadie como yo ha experimentado, al menos en vida y de una manera tan palpablemente real, lo que significa decir: «Él murió por mí», porque así ha sido en efecto. En realidad -y digo esto sin complacencia-, yo soy el primero de los redimidos, el redimido arquetípico, por decir así, y los creyentes que deseen comprender de qué manera han sido salvados harían bien deteniéndose aunque sea un poco en la contemplación de mi persona. Entonces estarían en grado de entrever algo y caerían en la cuenta de que la redención es algo mucho menos abstracto de lo que a veces tienden a suponer. Si así fuera, tal vez podrían, como yo aquella vez, gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca, volverse locos de alegría. ¿No les falta a los cristianos un aire más de redimidos (como decía Nietzsche)? Pues bien, que piensen en mí, que me observen con algún detenimiento, que se pongan en mi lugar, diciendo: «En realidad, Barrabás soy yo», y quizás así entenderán. No sé, tal vez... P. Juan Jesús Priego |