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Obediencia, signo de verdadera conversión Imprimir
Escrito por Javier Algara   
Domingo 09 de Marzo 2008

VIGÍA

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Padre e hijo hubieran deseado, claro, que Dios no hubiera pedido semejante cosa, pero ambos estaban dispuestos a obedecerlo, abandonándose totalmente en sus manos.

Por Javier Algara

La carta a los Filipenses (2,8) dice de Jesús: «y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Y los versículos que siguen a ese nos explican que precisamente por la obediencia «Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre para que… toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre». Esta estrecha vinculación entre obediencia total y señorío de Cristo es uno de los puntos centrales de la fe cristiana. En esa obediencia se fundamenta la posibilidad de salvación del mundo, sometido al pecado y a la muerte por la desobediencia de los primeros padres. El mismo san Pablo lo explica en su Carta a los Romanos (5,19). Es obvio, entonces, que la obediencia total a Dios siempre haya sido una condición probatoria de la fe genuina. Y, lógicamente, de verdadera conversión. Las muestras de obediencia siempre fueron unas de las señales en  la antigua Iglesia de que los catecúmenos estaban maduros para el Bautismo. No es de extrañar, entonces, que en la principal de todas las ceremonias litúrgicas de la Iglesia, la Vigilia Pascual, la noche santa en la que se celebra el triunfo de Cristo sobre la muerte, hecho realidad en nuestra historia personal a través del Bautismo, algunas de las lecturas hablen sobre la obediencia cristiana. Y entre ellas destaca la narración del sacrificio de Isaac —ordenado por Dios—, escena conocida como «aqeda» (amarrar, atar, en hebreo) en la literatura rabínica.

Curiosamente, el término aqeda no procede solamente del hecho de que Abraham amarró a su hijo —del que dependía la innumerable descendencia prometida por Dios—  para sacrificarlo, sino de que el propio Isaac suplicó a su padre que lo atara lo más fuerte que pudiera; no fuera a ser que el miedo lo empujara a él a tratar de impedir que su padre obedeciera cabalmente la orden de Dios. Padre e hijo hubieran deseado, claro, que Dios no hubiera pedido semejante cosa, pero ambos estaban dispuestos a obedecerlo, abandonándose totalmente en sus manos. Fue el testimonio máximo de la fe de Abraham e Isaac. La Carta a los Hebreos explica (11,17-19) que la fe de Abraham le garantizaba que, aunque Isaac hubiera muerto sobre ese altar, Dios habría de resucitarlo. Si Dios se iba a encargar de devolverle a su hijo, ¿por qué habría de dudar Abraham en obedecer sus órdenes? La obediencia de Abraham e Isaac se convirtió, así, en figura de la obediencia de Cristo. No hay posibilidad de fe auténtica sin obediencia incondicional a Dios. Pero, ¡ay!, cómo se nos hace difícil acatar los designios de Dios. Pareciera que el Señor se complace en ordenarnos precisamente lo que más nos disgusta: perdonar al que nos ofende, darle de lo nuestro a quien no tiene, evitar satisfacciones lujuriosas, no transar al prójimo, tener que soportar a la misma esposa toda la vida... ¡Uuuufff!  Es como si nos amarraran a una cruz.

¡Aqeda, en la Pascua resucitaremos!

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