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Escrito por Carlos Díaz   
Domingo 09 de Marzo 2008

CULTURA

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Cuanto más en auge parece estar la ciencia, tanto más en declive la imagen de lo humano; incluso en Auschwitz respondieron algunos seres humanos como ningún paramecio o vorticela hubieran respondido.

Por Carlos Díaz

Cuanto más en auge parece estar la ciencia, tanto más en declive la imagen de lo humano; incluso en Auschwitz respondieron algunos seres humanos como ningún paramecio o vorticela hubieran respondido. Pero la «ciencia» de comienzos del siglo XXI se obstina encarnecidamente en pasar del «somos tal cosa» al «no somos más que tal cosa», siguiendo un monismo feroz.

Jesús Mosterín, militante del reduccionismo zoológico, escribe en: La naturaleza humana (Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2006, p. 23): «Aunque el naturalismo evolucionista ha triunfado en toda regla en el pensamiento científico y en la filosofía cercana a la ciencia, todavía colea la resistencia a considerarnos como lo que somos, como animales». Por su parte Nicolas Mackintosh, psicólogo experimental de la Universidad de Cambridge, afirma: «Los procesos de aprendizaje de los animales son muy sofisticados y en ocasiones coinciden con los humanos. Contra toda concepción anacrónica y antropocéntrica, la inteligencia superior no es exclusiva de los animales estrechamente emparentados con los seres humanos, sino que se encuentra en animales muy distantes, como las palomas y los cuervos. La evolución produce cambios y entraña una mayor complejidad, porque la competición hizo que la complejidad fuera necesaria para resolver los problemas. Pero una mayor complejidad no implica forzosamente más progreso». En los genes está la salvación... ¡al menos la salvación de los genes!

Miroslaw Radmann, profesor de biología celular en la Universidad de París, postula la supremacía del gen: somos el resultado de dos teorías, la de los genes y la del entorno. Somos como taxis que trasportan a los genes un rato  (el récord mundial de longevidad humana es de ciento veintidós años y cinco meses), y cuando ya no somos de ninguna utilidad se nos tira, como se desguazan los coches viejos. Los genes son nuestra genealogía determinante a través del azar.

Richard Dawkins, conocido internacionalmente por su divulgación de las ideas de Darwin en libros como El relojero ciego o El gen egoísta, asegura que los genes son un manual de supervivencia y el libro genético de los muertos: «El mejor candidato para ser diseñado ha sido siempre la vida. La vida siempre ha sobrevivido. Los seres vivos son tan hermosos, tan elegantes, tan complicados, que cada fragmento de un ser vivo parece haber sido diseñado, pero no lo ha sido».

 «Formamos parte de una especie de mamíferos que en el curso de los próximos mil años cambiará de medio y vivirá en el espacio. Existen precedentes en la historia de la evolución de cambios radicales de entorno. El grupo de los tetrápodos en los peces eligió, hace unos setecientos millones de años, abandonar el mar y refugiarse en la tierra: peces como el celacanto o los pulmonados se convirtieron así en nuestros antepasados directos. Un grupo de dinosaurios —el arqueopterix— se pusieron a volar transformándose en los antecesores directos de las aves. Las gallinas son un subproducto evolutivo de los dinosaurios. Muchos otros mamíferos han hecho algo parecido. Un niño que nace y vive en el espacio, cuando vuelva a la Tierra, quizás no pueda andar. Alguien que naciera en la Luna o en otro planeta, con una gravedad inferior a la terrestre, por ejemplo, siete veces inferior, su masa muscular y esquelética no estaría adaptada para caminar en la Tierra cuando regresase... Un día irá la gente al espacio sabiendo que no regresará, y a medida que la especie humana se disemine por el espacio, se irá transformando... Puede que dentro de miles de años estemos muy lejos del origen, que es la Tierra, y regresar de esas distancias tan grandes sea absurdo». Son palabras del doctor Javier de Felipe, profesor del Consejo Superior de Investigaciones científicas, único investigador español que usa la microscopia electrónica para el estudio del cerebro humano, y colaborador con la NASA para ver el efecto de los vuelos espaciales sobre el desarrollo del cerebro.

Pero, en lugar de brujulear por los hiperespacios como emigrantes erráticos, que huyen de cuanto lugar celeste han ocupado y arrasado y viven a la búsqueda de un planeta devorable y debastable, ¿por qué no dignificar mientras tanto la tierra, las aguas, el aire, con una antropología que reconozca efectiva y realmente la dignidad de todo ser humano, incluyendo la del nascituro? Porque hemos preferido los siete pecados capitales: riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, conocimientos sin carácter, comercio sin moral, conciencia sin humanismo, adoración sin sacrificio y política sin principios (Gandhi).


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