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ESTUDIO 
GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (10 de 18)
Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x. III. SINTESIS DE LOS CAPÍTULOS DEL DOCUMENTO SEGUNDA PARTE: LA VIDA DE JESUCRISTO EN LOS DISCIPULOS MISIONEROS (JUZGAR-ILUMINAR) (Continúa). Capítulo 5: «La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia» (Esquema 2). Llamados a vivir la comunión Así como no se entiende el discipulado sin la misión, tampoco se le entiende sin la comunión, o sea, sin vida y participación comunitaria. Por eso este capítulo se detiene en el llamado de Jesús a vivir en comunión, primeramente con Él y, luego, con la comunidad. Esta comunión de los fieles y de las iglesias particulares se sustenta en la comunión con un Dios, cuya esencia es Trinitaria (154-155). Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia, se destaca que no hay discipulado sin comunión, o sea, sin pertenencia a una comunidad concreta, «dimensión constitutiva» de la vida cristiana (156). La vivencia comunitaria de la vida cristiana y de la misión es tan importante que el Señor mismo nos proporcionó hasta los alimentos para consolidarla: «La comunión con la Iglesia –afirma el documento- se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo» (158). Además, el testimonio de este amor de comunión, que la comunidad ofrece al mundo, puede atraer hacia ella (159-161). Es así como, de una pertenencia esporádica a la Iglesia, estamos llamados a otra permanente, entusiasta y plena (160-163). Lugares eclesiales de comunión (Esquema 2.1). ¿Dónde se vive esta comunión? Puesto que la vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana y el discipulado y la misión la suponen, los lugares eclesiales donde podemos vivirla son: La diócesis. Esta es «una porción del Pueblo de Dios, confiada a un Obispo, para que la apaciente con su presbiterio». Es un lugar privilegiado para la comunión y la maduración de la vida cristiana. Es, en efecto, «casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad» (167). En todas sus estructuras, a su vez, la diócesis está llamada a ser «misionera», saliendo al encuentro de quienes aún no creen en Cristo, en el ámbito de su territorio, y «salir también en búsqueda» de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas (168). Se desea, además, que a este proyecto misionero diocesano se adhieran también todas las «comunidades de vida consagrada» presentes en el territorio diocesano (169). La parroquia. Es comunidad de comunidades, célula viva de la Iglesia que, como la diócesis, es llamada a ser casa y escuela de comunión: «Espacio de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abierta a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizada de modo comunitario y responsable, integradora de los movimientos de apostolado» (170). A las parroquias se les pide reformular sus estructuras, para que sea una «red de comunidades y grupos» de discípulos misioneros, dejando atrás la imagen de la parroquia «agencia de servicios religiosos» (172). Puesto que se reconoce que es inmenso el número de alejados, a las parroquias se les pide que sean «misioneras» convocando y formando, para ello, a sus laicos (173-174). Central para todas las comunidades será la celebración de la Eucaristía, verdadera escuela de vida cristiana; sin descuidar, por supuesto, los otros sacramentos, que serán celebrados en la alegría del Señor (175). Por coherencia con la fe que se profesa y con el carácter social de la Eucaristía, las parroquias serán, también, centro de acción caritativa y social, recordándonos que «toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas» (176). Por vivir en una cultura fuertemente marcada por el relativismo y por la pérdida del sentido del pecado, urge que los pastores repropongan la práctica de la confesión e inviten a recorrer caminos de conversión (177). Las Comunidades Eclesiales de Base y Pequeñas comunidades. Son apreciadas como «Escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos» con la transformación de la realidad social en la que viven, (178) y como comunidades que pueden contribuir a «revitalizar las parroquias haciendo de las mismas una comunidad de comunidades» (179). A estas Comunidades Eclesiales de Base se les pide, entre otras cosas, que mantengan la comunión con su obispo y que se inserten en la pastoral diocesana. Se valoran también otras formas de pequeñas comunidades y movimientos eclesiales. A todos se les pide que «La Eucaristía sea el centro de su vida y la Palabra sea faro de su camino» (180). Las Conferencias Episcopales. A estas, y al CELAM, se les sugiere que sean «espacio de comunión y testigos de la espiritualidad de comunión», a nivel de toda América Latina (183). |