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PÓRTICO 
La «ciudad de la esperanza», transformada en la «ciudad del homicidio» no es un cuento rosa. Es una tenebrosa realidad.
Por Jaime Septién Con ese nombre —que recuerda, remotamente, el apellido del santo cura de Ars— dieron a conocer las autoridades sanitarias del DF a la niña de 15 años que murió el pasado 15 de febrero tras un intento fallido de provocarle un aborto «legal». Vianey (dicen) se llamaba esta pobre chiquilla que, auspiciada por su madre, fue al Hospital de Balbuena para acogerse a la nueva ley del gobierno capitalino, según la cual, desde abril del 2007 si tienes 12 semanas o menos de embarazo, puedes matar legalmente al «producto»; es decir, puedes asesinar a un ser humano con todas las garantías y ventajas que te concede una legislación que, aseguran, protege tu cuerpo, tus sentimientos y tu bolsillo en contra de las molestas consecuencias del embarazo.. Después de todo —le dijeron a Vianey— ya van cinco mil 845 muchachas como tú que se quitan de encima esa carga de conciencia, que se «alivian» de ese bultito que se asoma en el vientre, que arrojan al cubo de la basura, de manera legal, por supuesto, a un ser humano indefenso, que no tiene la peligrosa capacidad de expresar su deseo de vivir y que, antes de que la tenga, es mejor mandarlo, junto con otras inmundicias, al vertedero de Xochiaca. El problema fue que no encontró ese mundo idílico de enfermeras y médicos sonrientes, que propician la «interrupción del embarazo» —como dicen que lo hacían en Auschwitz con la «solución final» de millones de judíos— entonando un aria de ópera entre los labios. Se encontró con un matarife de mercado, que le dio un abortivo teniendo 16 semanas de gestación y que mató a las dos personas: a Vianey y al «producto». La «ciudad de la esperanza», transformada en la «ciudad del homicidio» no es un cuento rosa. Es una tenebrosa realidad. Rápido, muy rápido, suspendieron de sus funciones al médico responsable. Rápido, muy rápido, indemnizaron a la familia de Vianey. Rápido, muy rápido, se lavaron sus manitas y salieron con una nueva payasada: «falló el protocolo». Dos cruces más claman al Cielo. Y al Cielo, «carnal» Marcelo, no se le puede engañar, ni con las pistas de hielo ni con las arenas del mar… |