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¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? 
«El llamado surgió en el ambiente de mi familia; sentí la certeza de que Dios me quería sacerdote» Entrevista al padre Fernando Pascual, L.C.
Por María Velázquez Dorantes El padre Fernando Pascual nació en Barcelona, España, el 28 de noviembre de 1961. Tras terminar los estudios de preparatoria, ingresó en el noviciado de los Legionarios de Cristo en 1979. Fue ordenado presbítero en 1994, y tiene doctorado en filosofía, licencia en teología y un master en bioética. ¿Cómo fue el llamado a la vocación sacerdotal? El llamado surgió en el ambiente de mi familia. Conocíamos varias congregaciones religiosas y leíamos muchas novelas misioneras, especialmente de los combonianos. Los momentos decisivos en mi vocación fueron dos: la lectura de un libro titulado «Las llaves del Reino», de A.J. Cronin, sobre un misionero en China; y unos instantes de oración ante Cristo Eucaristía en el que le dije a Dios: «lo que tú quieras». Después de esa oración sentí la certeza de que Dios me quería sacerdote. Todo eso ocurrió cuando tenía entre 12 y 13 años, aunque no entré al noviciado de la Legión de Cristo hasta los 17 años. ¿En qué momento de su vocación sacerdotal ha sentido perder las fuerzas y cómo las ha recuperado para continuar? En general, uno pierde fuerzas cuando deja de mirar a Dios y se mira a sí mismo. O cuando piensa que hay otros modos de vivir más fáciles y con menos compromisos. En esos momentos la vocación se tambalea. ¿Cómo, entonces, salir de las tormentas? A través de la oración, pues una respuesta tan importante sólo puede ser dada ante Dios. Y a través de la ayuda y el consejo de un buen director espiritual, que puede dar luz para discernir qué me está pasando. También me ayudó mucho escuchar una conferencia de mi fundador, el padre Marcial Maciel (1920-2008) que explicaba tres factores que permiten entender cuándo Dios llama a uno al sacerdocio: las cualidades que Dios ha dado, las «causas segundas» (hechos, «casualidades», encuentros, libros, reflexiones), y la generosidad. ¿Qué experiencias han marcado su vida como sacerdote? Me marcaron mucho las primeras confesiones y, sobre todo, el trabajo que realicé durante varios meses en un hospital. Allí pude tocar lo frágil que es la vida humana. Recuerdo a una pareja de esposos jóvenes que estaban muy heridos por una simple caída de moto. O lo que me dijo una señora que era doctora y que estaba en cama: «Yo creía en la medicina hasta que a mí me llegó la enfermedad.» También recuerdo momentos de misiones populares en diversos lugares de México, en zonas de mucha pobreza y con problemas muy serios. Me impresionó, sobre todo, ver el daño inmenso que hacen el alcohol y la droga, así como las situaciones de conflictos familiares o las actitudes de algunos esposos que maltratan a sus esposas y no ayudan para nada en la educación de los hijos. ¿Qué profesión hubiese escogido si no fuera sacerdote y por qué? Antes de dar el sí a Dios pensaba ser ingeniero agrónomo, pues me gusta mucho trabajar por el campo y la naturaleza. También pensaba en estudiar biología, por el mismo motivo. O tal vez química, porque era una asignatura que me atraía enormemente. Quizá estos gustos explican en parte que haya estudiado muchos temas de bioética en los últimos años, aunque llegué a la bioética sobre todo gracias al contacto en Italia con el Movimiento por la Vida. En la actualidad, ¿cómo observa la situación de las vocaciones sacerdotales? Creo que donde hay fe en la familia y donde el niño y adolescente aprende cómo ser cristiano desde los ejemplos en casa, es mucho más fácil escuchar la voz de Dios que llama. También se requiere una dosis muy grande de generosidad. En el «sí» a Dios uno deja cosas muy hermosas (su familia, una posible carrera o profesión, el casarse, el tener hijos) pero lo hace para cosas mucho más hermosas: dar a Dios a los hombres, sembrar de esperanza la vida de los demás. Hay que reconocer, con pena, que no son muchos los hogares realmente cristianos, o que hay familias que dicen ser católicas pero se horrorizan si un hijo les dice que quiere ser sacerdote. Por eso hace falta promover una actitud en todas las parroquias que nos permita descubrir la vocación sacerdotal como un regalo inmenso de Dios a quien recibe el llamado y a su familia. Ayuda, en ese sentido, la adoración por las vocaciones, que acaba de ser relanzada por el Vaticano. ¿Qué requisitos podría señalar para ser un buen sacerdote? Se necesita una vida de oración sencilla y cordial: hablar a Dios, de verdad, como con Alguien que nos ama y nos escucha. Luego, mucha honestidad y rectitud humana. Es triste ver cómo algunos jóvenes generosos pueden caer en desviaciones profundas, precisamente en el seminario, si se acostumbran a vivir con menos exigencia y con menos profundidad algunos de sus compromisos cristianos. Y una cosa, que parece casi trivial, a mí me viene continuamente a la cabeza: el mejor modo para ser buen sacerdote es esforzarse continuamente por ser un buen cristiano. ¿Cómo vincula su experiencia sacerdotal con El Observador de la actualidad? Colaborar con El Observador y con otros medios de comunicación es una hermosa manera para difundir el Evangelio a los demás. A veces llegan comentarios por mis artículos a través de internet. En algunos de ellos los lectores dicen una cosa muy hermosa: «gracias por ser un instrumento del Espíritu Santo». Lo que llega a los corazones viene del Espíritu Santo, y cuando un sacerdote habla o escribe debe dejarse guiar, simplemente, por la acción del Espíritu Santo. Entonces será un auténtico sacerdote, vivirá su misión y enseñará a los hombres que Dios les ama mucho. |