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Escrito por Gilberto Hernández García, OFM   
Domingo 02 de Marzo 2008

CUARESMA

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Estamos viviendo el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo que, como dice Benedicto XVI, «nos provoca a dar un impulso más decidido a nuestra vida cristiana» y nos prepara a las celebraciones de la Pascua.

Por fray Gilberto Hernández García, OFM

Estamos viviendo el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo que, como dice Benedicto XVI, «nos provoca a dar un impulso más decidido a nuestra vida cristiana» y nos prepara a las celebraciones de la Pascua. Es una valiosa oportunidad que nuestro Dios, Uno y Trino, por mediación de la Iglesia, nos brinda para volver a Él. Es muy cierto que todos los días son oportunos para intentar esta metanoia, este cambio de mentalidad, corazón y rumbo; sin embargo,  en palabras de san Pablo,  «éste es un tiempo favorable», una gracia que no debe echarse «en saco roto».

Durante estos cuarenta días escuchamos con insistencia el recurso a la oración, la limosna y el ayuno como «medios» privilegiados en este itinerario. De ahí que un gran número de fieles católicos solemos pensar en ellas como obras piadosas y buenas que todo cristiano debe realizar, sobre todo en este período. Si bien este modo de ver las cosas es correcto, no es completo. Juan Pablo II, en más de una ocasión había subrayado que «requieren ser comprendidos más profundamente si queremos insertarlos más a fondo en nuestra vida y no considerarlos simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo».

No podemos perder de vista que la Cuaresma sólo dura cuarenta días;  en cambio, tender a Dios, es una tarea permanente; esto significa que es necesario convertirse continuamente. En este sentido podemos reflexionar sobre el papel fundamental de la oración en el tiempo cuaresmal, entendido éste como un tiempo fuerte que tiene su cima y continuidad en la Pascua, y que nos sirve —permítaseme la analogía— de «entrenamiento» e impulso para la vida ordinaria. Es indudable que durante este tiempo de gracia a muchos se nos despiertan los sentimientos religiosos, y una de las primeras y más recurrentes acciones es la oración: buscamos ir a una iglesia, participamos de alguna liturgia, etc. Sin embargo, debemos tener claro que la oración, más que una práctica o una acción aislada, es una actitud ante y en la vida.

Esta época que nos ha tocado vivir está marcada fuertemente por una tendencia a echar de la vida pública y privada a Dios. Incluso, aunque por tradición nos declaramos católicos, muchos asumen que son «creyentes pero no practicantes», dando por resultado la búsqueda de una práctica religiosa light, sin compromiso. Estas situaciones, lejos de brindarle felicidad y paz interior  a cada hombre y mujer, nos sumen en un sin-sentido, en un vacío existencial.

La paradoja es que, queriendo o no, el hombre no puede vivir sin una referencia al Absoluto; necesita asirse de aquello que le dé, si no una certeza sobre la vida presente y futura, por lo menos «algo» que  le marque el rumbo y le inspire esperanza. Es aquí donde el hombre, después de tanto buscar fuera, no le queda de otra y tiene que «doblarse sobre sí mismo», es decir, reflexionar, buscar el referente que no encuentra en la estridencia de las bondades de la vida moderna. En este sentido, el encuentro que se produce en los niveles profundos de la persona es siempre una forma de oración o contemplación en el sentido amplio de la palabra. Orar, en este orden de ideas, es algo humano, muy humano, profundamente humano, que responde a una necesidad antropológica fundamental.

Entonces se comprende que la oración, más que una serie de prácticas, es un trato personal con Dios, desde las circunstancias particulares que cada uno vive en su día a día. Sustancialmente para el cristiano que quiere tomarse en serio este apelativo, el encuentro con Dios vivo a través de la oración es fundamental. Esto le pedirá al cristiano rescatar tiempos y lugares para estar con Él. Así expresaba santa Teresa de Ávila la experiencia orante: «Tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama».

A través de una oración auténtica, sincera y asidua, el cristiano aprende a reorientar en todo momento su vida y su actividad; porque por el cedazo del diálogo pausado con el Señor debe pasar la totalidad del hombre.


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